¿Castigar o premiar a los niños?

Los premios y recompensas pueden ser tan perjudiciales como los castigos

¿Castigar o premiar a los niños?

Hace unos días hablamos de lo poco educativo que puede llegar a ser el castigo. Hoy, siguiendo por el mismo cauce de los métodos que, más que educar, perjudican a los niños, hablaré de un primo-hermano del castigo: los premios o las recompensas.

Muchos adultos, padres o maestros, están en contra de los castigos y sin embargo a favor de las recompensas.

Estamos de acuerdo en que son dos medidas contrapuestas, sin embargo no son del todo contrarias, pues con los premios se acaba consiguiendo lo mismo que con los castigos: un resultado positivo temporal que viene motivado por el acto que ejecuta el adulto sin ayudar a los niños a ser responsables ni a aprender a vivir desde el convencimiento de que lo que hacen es lo mejor.

En otras palabras, con los premios se consigue que los niños hagan aquello que los adultos queremos que hagan pero sin interiorizar el beneficio de aquello que están haciendo, pues lo que prima para ellos no es lo que hacen, sino lo que consiguen haciéndolo.

Un ejemplo que puedo ofrecer es cuando, con toda la buena intención del mundo, mis padres nos daban dinero a final de curso según las notas que sacáramos (mejores notas significaba más dinero y más dinero significaba poder comprar más CDs, un juego para la consola,…).

Esta recompensa hizo que, la ya poco estimulante tarea de estudiar, se convirtiera en un simple trámite para conseguir una paga extra a final de curso. No es que quisiéramos aprender más, es que queríamos sacar mejores notas para conseguir una mayor recompensa.

La motivación no era intrínseca, no venía de nosotros mismos, sino que era extrínseca, focalizada en algo externo, el dinero a percibir.

Los efectos de los premios son poco duraderos

Los sistemas de recompensas (con pegatinas, estrellas o puntos positivos) son raramente útiles para producir cambios duraderos en actitudes o en el comportamiento. Los efectos que producen duran mientas existe la recompensa, que es la que motiva el comportamiento buscado.

Si no hay premio, el niño pierde el incentivo que motivaba su manera de actuar y vuelve a comportarse tal y como lo hacía antes de recibir las recompensas («antes me esforzaba por hacerlo y me dabas un premio. Ahora que no me das premio, ¿para qué esforzarme?»).

Varios investigadores han descubierto incluso que los niños cuyos padres hacen uso frecuente de estos sistemas de recompensas tienden a ser menos generosos que sus compañeros.

Cuando alguien pretende que otra persona modifique un comportamiento o un hábito tiene que marcarse como objetivo, no que el otro haga lo que se le dice, sino que el otro quiera hacer lo que se le dice que haga.

No tiene sentido que a una persona que corre hacia la derecha, convencida de que quiere hacerlo así, le digamos simplemente que ahora tiene que correr hacia la izquierda porque es mejor. Lo que tenemos que conseguir es que la persona crea y sienta que correr hacia la izquierda es mejor. Luego ya será ella misma la que empezará a correr en esa dirección.

Cuando premiamos una conducta que queremos conseguir estamos eliminando, en cierto modo, la posibilidad de que un niño sienta que esa conducta es la correcta.

Al premiar estamos creando un sistema de causa-efecto demasiado débil. Causa: te portas bien. Efecto: recibes un regalo.

En el momento en que deje de haber un efecto (regalo), dejará de haber un motivo para que siga produciéndose la causa.

En el momento en que se da un premio, se pierde el interés a largo plazo

En un estudio representativo, se les ofreció a 45 niños de entre 3 y 5 años una bebida que no conocían llamada Kéfir (producto lácteo fermentado) junto a otras bebidas (un total de ocho) y se les pidió que las ordenaran por orden de preferencia.

A algunos de los niños se les pidió que bebieran Kéfir y se les dio un poco más al acabarla halagándoles por hacerlo.

A otros niños se les pidió que la bebieran, se les dio un poco más y se les ofreció una entrada para una película infantil (de unos 10 minutos, que veían tras tomarse el Kéfir) si bebían más cantidad.

A un tercer grupo de les dio la bebida, se les ofreció más al acabar la primera sin presión alguna y acto seguido pudieron ver la misma película infantil, sin que nadie estableciera relación alguna entre beber más Kéfir y ver la película (bebieran o no iban a ver la película igualmente).

Los niños que recibían premios y halagos bebían más cantidad y pronto situaron el Kéfir entre sus bebidas favoritas, como se puede predecir, sin embargo, tras cuatro semanas realizando esta acción dos veces por semana, el Kéfir perdió “fama” y perdió posiciones.

Los niños a los que no se les ofreció recompensa por beber Kéfir dijeron, de inicio, que les parecía una bebida aceptable (la posicionaron como menos preferida que los que recibieron premios y halagos), sin embargo, pasadas las cuatro semanas, el Kéfir escaló posiciones y acabó siendo considerada mejor bebida para estos niños que para los que habían recibido estímulos por beberla.

En la siguiente gráfica podéis ver lo que comento (los triangulitos son los grupos de los niños que no recibieron estímulos para beber más):

En la gráfica de la izquierda se representa la posición que ocupa el Kéfir entre el resto de bebidas tanto al inicio del estudio como al final. En la de la derecha se observa le evolución del Kéfir en los niños que recibieron estímulos y regalos y en los que no los recibieron.

Como veis, los niños motivados y premiados (los cuadraditos) empezaron posicionando el Kéfir entre las mejores y acabaron dejándola algo más atrás. Los niños que la podían beber sin restricciones ni motivaciones (los triangulitos) acabaron por considerarla más sabrosa que al principio.

Si sustituimos Kéfir por “hacer los deberes”, “ser generosos”, “leer cuentos”, “jugar en la habitación” o lo que consideremos que nuestros hijos deberían hacer, parece obvio pensar que en el momento en que añadamos una recompensa a alguna de estas conductas más fácil será que el niño cree una relación de dependencia entre lo que tiene que hacer y el premio y pierda el interés por hacerlo cuando el premio desaparezca.

En cierto modo es perfectamente lógico: “si me dan un premio para que me lo tome, muy bueno no tiene que estar”.

El que espera un premio puede tener prisa por conseguirlo

Otro de los riesgos de premiar las conductas o aquello que queremos que un niño haga es el de conseguir que actúe únicamente con el objetivo de recibir el premio, haciendo las cosas con menos interés y pasión.

Algunas investigaciones parecen demostrar que los niños que esperan algo a cambio hacen las cosas más rápido y peor que los que la hacen sin esperar ningún premio.

Para ejemplificar esto vuelvo al tema de los estudios: no es lo mismo estudiar para sacar buenas notas con el objetivo de obtener dinero, que estudiar por el placer de aprender. Lo segundo producirá más alegría y satisfacción a la persona que lo hace (pues disfruta haciéndolo), mientras que en el primer caso sacar buenas notas no es más que el medio para recibir lo que uno espera.

En el segundo caso el aprendizaje será seguramente mayor y las materias quedarán más consolidadas mientras que en el primer caso se olvidarán fácilmente: «es más fácil aprender lo que uno quiere saber que aprender lo que los demás quieren que sepas».

Se observa en otros estudios que los niños que esperan ser premiados (y los adultos también, claro), tratan de hacer el trabajo de la manera más eficaz o cogiendo el camino más rápido y seguro.

Dicho de otro modo, los premios pueden conseguir que los niños dejen de lado la creatividad y el riesgo. La persona que inventa, que es creativa y que “pierde” el tiempo con nuevas ideas corre el riesgo de equivocarse.

El que se equivoca tiene que rectificar en su camino volviendo atrás para solucionar los errores con nuevas soluciones. Volver atrás hace que no seas el primero, de lo que se concluye que equivocarse hace que se tarde más tiempo en hacer las cosas.

Hacer las cosas en más tiempo significa que eres menos eficiente y el que es menos eficiente, no obtiene premio.

Quizás pensaréis que el que se equivoca y rectifica hará un mejor trabajo. Seguro que sí y lo justo es que obtenga un mayor premio por haber dedicado más tiempo a su trabajo. Visto así los premios podrían funcionar durante un tiempo. Sin embargo poco a poco el niño se obcecará con el premio a recibir y buscará el camino más rápido para conseguirlo.

Digamos que, con un premio, se pierde en gran parte la posibilidad de hacer algo para divertirse, ya que lo que motiva y alegra no es el camino a recorrer, sino el lugar al que se llega.

Es curioso, pero a nivel cognitivo y a nivel de desarrollo infantil, lo ideal es que los niños se equivoquen y yerren, ya que ello hace que se abra una puerta al pensamiento lógico de los niños. Cada vez que yerran una nueva pregunta llega a sus cabecitas y aparece la necesidad de encontrar una solución.

Si en vez de acompañarles en el camino del aprendizaje, en el que pueden disfrutar mucho con cada nuevo logro a medida que se equivocan, allanamos el camino para que hagan las cosas porque sí, para obtener un beneficio externo, estaremos haciendo de nuestros hijos seres que valoran lo que se consigue, pero no el modo en que se consigue, que querrán llegar al objetivo cada vez más rápido, dando cada vez menos importancia al cómo llegar (algo parecido a lo que se pretende evitar cuando se dice “es que los jóvenes de ahora no valoran nada, lo quieren todo y cuanto antes mejor”).

Los niños deben interiorizar los valores

Es muy habitual (a mí me ha pasado a menudo) escuchar a algunos padres o madres decirles a sus hijos: “te lo compro si te portas bien” o “te lo compro porque te has portado bien”.

Estas frases son bastante desacertadas porque, aunque tienen una intención educativa de refuerzo positivo, están supeditando el buen comportamiento o lo que se espera de ellos a la recepción o no de regalos.

Dicho de otro modo, “te lo compro si te portas bien” deja al niño la libertad de portarse mal a cambio de no recibir regalo: “Hijo, si te portas mal no te lo compro”, “Me da igual, no lo quiero. Ya puedo portarme mal”.

Un niño debe portarse bien (habría que definir qué significa portarse bien, pero esto es otro tema que trataré en próximos días) porque sienta que debe hacerlo. No tiene que pegar a los demás porque eso no se hace. No tiene que insultar a sus padres porque el respeto es lo primero. No tiene que quitarles los juguetes a los niños porque no son suyos.

Todo tiene una razón que los niños deben interiorizar. No hacer algo porque así consiguen un premio es quitarle valor e importancia al hecho de no hacerlo, porque cuando no haya premio por dicha conducta habrá vía libre para hacer lo que uno quiera.

Los castigos y las recompensas son similares

De todo lo comentado se concluye que los castigos y los premios o recompensas no son contrarios, sino que van de la mano en el objetivo y en los resultados.

Las dos estrategias tienen como finalidad modificar el comportamiento de alguien, con la diferencia que los castigos le hacen preguntarse al niño “qué es lo que los demás quieren qué haga y qué me pasará si no lo hago” mientras que los premios le hacen preguntarse “qué es lo que los demás quieren que haga y que me darán si lo hago”.

Ninguna de estas dos actuaciones ayuda al niño a conformar su personalidad de manera intrínseca ni a responder la pregunta clave: “¿Qué tipo de persona quiero ser?” (no es lo mismo ser quien quiero ser, que ser quien quieren que sea).

Más información | Alfie KohnFotos | Flickr (Claus Rebler), Flickr (geishaboy500), Flickr (Lars Plougmann)En Bebés y más | El castigo es un método poco educativo, Calendario de recompensas, Los premios y los castigos, Como recompensa ¡vamos a comer una hamburguesa!

Источник: https://www.bebesymas.com/educacion-infantil/los-premios-y-recompensas-pueden-ser-tan-perjudiciales-como-los-castigos

Los premios y castigos en la educación de tus hijos

¿Castigar o premiar a los niños?

Qué padre o madre no ha dicho alguna vez, “el niño no vino con libro de instrucciones”…y se han preguntado cuándo utilizar los premios y castigos para ayudar en su educación.

Para muchos padres, la educación de los niños no es tarea fácil. Saber cómo gestionar sus rabietas, establecer límites; o saber qué hacer con sus reacciones ante cualquier negativa, supone muchas veces llegar al borde de la desesperación.

Realmente es un tira y afloja entre los padres y el niño; en el que cada uno intentará conseguir su objetivo. Claro que siendo los padres los adultos, y al fin y al cabo los que educan; deben ser ellos quienes tengan las herramientas para llevar a buen puerto esas pequeñas batallas. En estos casos es cuando un psicólogo te puede ayudar.

Ponerle límites a tus hijos

De todos modos no hay que olvidar; que además de educarles y ponerles los límites adecuados, es necesario que también se les respete.

A la hora de establecer los límites y poner las normas a los niños; más que imponerlas “porque lo digo yo”, es mejor negociarlas con ellos. Esta claro que esto puede hacerse a ciertas edades, como en la adolescencia; en otras más tempranas, tendrán que ser los padres quienes las establezcan, sin que los niños tengan todos los argumentos.

Es necesario informar a tus hijos acerca de un límite con voz y mirada firme. Pero, recuerda que, si has puesto o negociado una norma con tu hijo, tú también tendrás que respetar esa norma. Por ejemplo: si no se pueden decir tacos, no se pueden decir; ni él ni tú. Tampoco puedes gritarle para decirle que no grite.

Tener unas normas le da al niño seguridad; sabrá muy bien hasta dónde puede llegar y hasta donde no debe llegar. Debe saber que no cumplir con una norma tendrá unas consecuencias, pero, ten en cuenta que el castigo debe ser proporcional a lo que el niño ha hecho.

Cuando ser necesario un castigo, el niño debe saber que, lo que desapruebas no es a él; sino su conducta. Antes de amenazar con un castigo, piensa bien lo que vas a decir. Si te llevas por el enfado del momento y amenazas con algo exagerado que después no podrás cumplir, el niño aprenderá que las amenazas se quedan en saco roto; y no hará ni caso de ellas.

Las rabietas infantiles

Las rabietas son más habituales en niños de corta edad, sobre los dos o tres años, y se suelen producir cuando el pequeño no consigue lo que quiere. En estos casos, lo mejor que puedes hacer es esperar a que se le pase; no prestarle atención en su enfado, si puedes; mejor te pones a hacer otra cosa mientras tanto.

Si cedes y durante la rabieta le das lo que quería, aprenderá de inmediato que esa es la manera de obtenerlo, y lo hará cada vez que quiera algo que no consiga con rapidez. Pero, debes estar preparado.

Tu hijo, por pequeño que sea, te pondrá a prueba; y si la pataleta no le funciona en casa, es posible que la haga en público. Sabe perfectamente que es una forma de presión más eficaz.

En esos casos, puedes advertirle antes de salir de casa, de que una rabieta en la calle tendrá unas consecuencias.

Has de ser muy concreto a la hora de pedirle algo a tu hijo pequeño. Por ejemplo; decirle que se porte bien es muy ambiguo, es más eficaz decirle que recoja lo que ha utilizado para jugar. Ante una norma que ya está establecida de antes, no le des la orden de manera directa, dile por ejemplo: “es la hora de hacer la tarea”.

Premios y castigos

No es necesario que premies o que castigues todo lo que el niño haga bien o mal. Aunque si es cierto que, si refuerzas una conducta, es más probable que la repita.

Pero, se puede reforzar con palabras agradables o con alguna muestra de cariño; no es necesario un premio material. También se puede reforzar una conducta prestándole atención; eso hará que repita dicha conducta.

Por el contrario, dejará de hacer otras a las que nadie preste atención alguna.

En cuanto a los castigos; antes de ponerles uno de manera inmediata, es recomendable hablar con ellos primero para explicarles las consecuencias que puede tener lo que hagan.

Pero, no sólo en relación al castigo que pueden tener, sino explicarles por qué hay cosas que no deben hacer. O mejor aún, decirles cómo pueden hacerlo.

De esta forma, no sólo castigas la mala conducta; sino que además, le enseñas cuál es la correcta.

Por ejemplo; si castigas a un niño por subirse a una silla para alcanzar algo en lo alto, sólo aprenderá a no hacerlo. Pero si además le dices que debe pedir ayuda para ello, aprenderá a cómo hacerlo bien.

Si aún así persisten en su conducta, habría que aplicar un castigo que sea proporcional a su comportamiento; y nunca debe depender del estado de ánimo del padre o la madre.

Pero, si se lo has dicho, has de cumplirlo; por eso yo siempre recomiendo pensarlo bien antes de amenazar.

No se recomienda utilizar el castigo físico; ya que, el niño lo utilizará como modelo y puede aprender que ser agresivo es la forma de solucionar los problemas. Podrá llegar a ser, entonces, un adulto agresivo.

Rosa Armas

Colegiada T-1670

Источник: https://www.psicologoencasa.es/premios-y-castigos-a-los-ninos/

Olvida los castigos y las recompensas y aplica siempre el cariño

¿Castigar o premiar a los niños?

Los padres utilizamos muchas veces las recompensas y los castigos para premiar o reprender el comportamiento de nuestros hijos. Pero los especialistas creen que lo mejor es siempre ofrecer nuestro amor y nuestra actitud positiva. Las recompensas y los castigos a veces pueden ser una mala opción.

Tradicionalmente los castigos y las recompensas se relacionan con la disciplina en el centro escolar y el hogar. “Los padres y educadores hacen uso de premios y castigos con el deseo de conseguir que los niños adopten el tipo de conducta que ellos creen conveniente.

Podemos decir entonces que los premios y los castigos son auxiliares de los que se sirven los adultos con la intención de educar a los niños fin de conseguir de ellos el tipo de conducta que consideran adecuado o de suprimir alguna forma de comportamiento negativa”, se explica en el estudio El premio y el castigo.

La eficacia de los castigos y las recompensas

El castigo sería una situación o experiencia desagradable que el adulto “provoca intencionalmente, con el fin de eliminar del comportamiento del niño determinadas conductas que considera perjudiciales.

La recompensa pretende estimular y afianzar la aparición de determinados tipos de conducta adecuados y positivos.

Se le proporciona al niño una situación agradable, producida o por la alabanza que recibe del adulto por su acción bien hecha, o por el objeto material que se le da como regalo” añaden en el mismo estudio.

Sin embargo, recientes estudios e investigaciones dudan de la eficacia de los castigos y las recompensas para cambiar la conducta de nuestros hijos. Si nuestro hijo se porta mal tendremos que recurrir a otra de nuestras armas: el cariño.

¿Qué hacer cuando se portan mal?

Si nuestro hijo no quiere acostarse por las noches a la hora que le decimos o hacer sus deberes habitualmente, tendremos que solucionar ese problema de conducta. Hace unas décadas la solución era fácil: establecer un castigo u ofrecer una recompensa.

Los padres actuales han crecido con esos castigos y recompensas durante su infancia y suelen confiar en su eficacia. Sin embargo, según los especialistas los castigos tienden a intensificar el conflicto y detener el aprendizaje.

Suelen provocar en el niño una respuesta de lucha o huida y les suelen hacerse sentir avergonzados o enfadados.

¿Deberíamos entonces confiar en la opción de las recompensas? Aunque en algunas ocasiones pueden ayudar a controlar a un niño momentáneamente, el efecto puede ser contraproducente.

El niño puede pensar que no debe hacer las tareas hasta que le den una recompensa o premio. Los psicólogos sugieren que las recompensas pueden disminuir nuestra motivación y disfrute natural.

Por ejemplo, si a un niño que le gusta dibujar le damos una recompensa por hacerlo, no lo hará si no la obtiene.

Todo el concepto de castigos y recompensas se basa en suposiciones negativas sobre los niños: que necesitan ser controlados y modelados por nosotros y que no tienen buenas intenciones.

Si vemos a nuestros hijos con ojos positivos encontraremos sus fortalezas y sus debilidades y veremos sus posibilidades reales de hacer o no algo.

Podremos fomentar el espíritu de equipo, el esfuerzo o la cooperación.

El poder del cariño

Si escuchamos a nuestros hijos seguro que nos escucharán. Si creemos en que lograrán hacer las cosas con esfuerzo y constancia, las harán. El refuerzo positivo y nuestro cariño tendrán más fuerza que mil castigos y recompensas. Os vamos a dar algunas pautas para cambiar nuestro comportamiento ante las actitudes conflictivas de nuestros hijos.

1. Intenta comprender su actitud

Cuando uno de nuestro hijo se pega con sus hermanos o tienen rabietas en el supermercado de forma habitual, su comportamiento seguro que esconde algún problema. Lo mejor es sentarnos con nuestro hijo e intentar que nos explique por qué tiene esa actitud tan negativa.

Tenemos que dejar que verbalice sus sentimientos. Las rabietas pueden esconder celos de sus hermanos o un intento de llamar nuestra atención. También puede tener hambre, sueño o se encuentra inseguro en ese ambiente.

Si solo le castigamos a no jugar con la tablet esa semana no comprenderá lo que ha pasado y lo volverá a hacer.

2. Motivar en lugar de recompensar

La motivación lleva consigo el mensaje hacia nuestro hijo de que confiamos en él y que en la familia funciona como un equipo.

Le damos a entender que creemos en él y sabemos que quiere y puede hacer las cosas bien. Si le decimos que, si ordena la habitación, iremos al parque parece que nos está haciendo un favor.

Es mejor cambiar el condicional y decirle que cuando ordene la habitación bajaremos al parque.

3. Ayudar en lugar de castigar

El castigo puede transmitir al niño el mensaje de que “necesitamos hacerle sufrir por lo que ha hecho”. Pero los padres no quieren que eso ocurra, sino que su comportamiento cambie.

Lo mejor es intentar mantener los límites y guiar a los niños, pero sin castigos.

Por ejemplo, si vemos que nuestro hijo se está poniendo nervioso con los videojuegos antes de regañarle o castigarle podemos indicarle que lo deje un rato y se calme.

4. Enseñarle el valor del esfuerzo

A todos nos gusta trabajar duro si formamos parte de un equipo. Si sin embargo no nos sentimos parte de él o pensamos que no somos una gran ayuda, no tendremos ganas de trabajar. Tenemos que intentar integrar a nuestros hijos en el equipo familiar. Todos trabajamos y todos nos esforzamos. Si hay algún problema todos ayudamos a que se encuentre una solución.

ConsejosPsicologíaInteligencia emocional

Источник: https://saposyprincesas.elmundo.es/consejos/psicologia-infantil/olvida-los-castigos-las-recompensas-aplica-siempre-carino/

Premios y castigos en educación// Educar sin premiar ni castigar

¿Castigar o premiar a los niños?

Educar sin premiar ni castigar… “Pues ya me dirás cómo porque…” estarás pensando. Pues sí, te doy toda la razón. Por eso creo que es importante que veamos que no dependemos de premios y castigos en educación. Podemos hacer las cosas de otra manera, mejor.

El problema es que los padres y maestros no estamos suficientemente capacitados para educar al adulto que queremos que sea nuestro hijo/alumno.

No tenemos suficiente conocimiento del desarrollo de los niños y adolescentes, no entendemos por qué los niños se portan mal, nos supera el día a día y estamos mental y físicamente agotados… ¿Hace falta que siga? En el caso del maestro se une una ratio (número de alumnos por aula) absolutamente de locos para lo que se les dice que tienen que conseguir con los alumnos. Milagros, a Lourdes. Con mucho que mejorar, creo que les pedimos a los maestros que sean superhéroes.

Por qué usamos premios y castigos en educación:

-son las herramientas de las que disponemos porque nos han educado así -es fácil y rápido -es efectivo, funciona (ojo, a corto plazo, pero lo es) -acompaña más las emociones que sentimos, bien la alegría cuando nuestros hijos hacen algo como queremos, bien la ira cuando ocurre lo contrario -entendemos mal el concepto de autoridad y de disciplina -estamos sobrepasados y  no disponemos de tiempo, o lo organizamos bien, para educar -no planificamos la educación de nuestros hijos más allá de la “formal” (colegio, academia de idiomas, extraescolares, deportes…)

Tipos de premio:

               -Alabanzas, palabras bonitas. “Eres el mejor”.

               -Muestra de conformidad con lo que ha hecho el niño. El clásico “muy bien”.

               -Premios y regalos materiales (“si te portas bien en casa de los abuelos te compro un

                muñequito/chuches…”)

               -Premios de actividades (“iremos al parque de atracciones si apruebas todo”).

  • Uso del refuerzo negativo*: retirar algo que puede ser negativo para el niño. Por ejemplo, si haces los deberes a tiempo no tienes que sacar la basura o si te callas te dejo de pellizcar.

Tipos de castigo:

  • Castigo negativo*. En general, se suele usar retirando privilegios, quitando algo bueno para el niño:
    • a la cama sin cenar
    • no tomar postre
    • castigar sin salir al parque, ir a un cumpleaños o ver la tele
    • retirar algún juguete que le gusta
  • Castigo positivo*.

    También se puede castigar aplicando algo desagradable tras la conducta inadecuada:

    • Menospreciar
    • Amenazar
    • Gritar
    • Pegar

*La denominación de positivo y negativo en ambos casos no viene de que sean buenos o malos sino de que “den” o “quiten” algo, respectivamente. El segundo tipo de castigo, llamado “positivo”, está mal visto socialmente. De hecho, agredir a un niño está penalizado. Caemos en él porque no sabemos gestionar nuestra ira, frustración, deseperación…. El primero, llamado “negativo”, se considera útil y necesario (por desgracia). Igualmente es una falta de respeto y no genera enseñanza. El niño puede que deje de hacer algo de forma inmediata, pero no está aprendiendo qué SÍ debe hacer en lugar de eso ni nos aseguramos de que no repita el mal comportamiento.

Problemas de usar el premio y el castigo en educación

Ambas herramientas parecen muy distintas. El castigo obviamente es algo malo porque molesta. El premio, al contrario, agrada. Pero, al final, ambas se utilizan para lo mismo: reducir/eliminar o generar comportamientos en los niños.

El castigo, sobre todo el positivo, ya causa rechazo. El negativo… estamos en proceso de que empiece a causarlo. Los premios, sin embargo, nos parecen nuestros mayores aliados así como muy educativos.

Confundimos premiar, reforzar, con ALENTAR y MOTIVAR.

Consecuencias negativas del uso del premio en educación:

  • Al retirar el refuerzo puede dejar de darse el comportamiento.
  • El premio depende de cómo valoremos los adultos el comportamiento lo que puede resultar injusto para el niño.
  • Búsqueda de la afirmación fuera del propio niño.
  • Autoestima dependiente de la aprobación ajena
  • Acabar con el afán de superación. Es decir, que el niño no se esfuerce por mejorar sino por la recompensa.
  • Temer atreverse a más puede ser una consecuencia del refuerzo. Al transmitir que haciendo algo “eres listo” o “me gusta” puede que el niño tema hacer otras cosas por no dar la talla.

Consecuencias negativas del uso del castigo en educación:

Por alguna extraña razón sentimos que si el niño no lo pasa mal, no aprende, no se va a reconducir y a no repetir el comportamiento que hemos penalizado.

Pero realmente, si pensamos en cuando nos han castigado a nosotros, hace 20 años o recientemente, el castigo no hace que tengamos ganas precisamente de mejorar.

En Disciplina positiva se habla de que el uso del castigo puede hacer que los niños acaben con una o varias de estas actitudes:

Las 4 “R” del castigo

  1. Resentimiento: sentimiento de injusticia y pérdida de confianza en el adulto
  2. Revancha: ganas de vengarse cuando sea posible
  3. Rebelión: repetir el comportamiento castigado o bien otros inadecuados
  4. Retraimiento:
    1. disimulo: hacerlo sin que les pillen
    2. baja autoestima: sentirse mal por lo que han hecho

(Basado en Cómo educar con firmeza y cariño. Jane Nelsen.) Está claro que no usamos ni el premio ni el castigo con intención de dañar, sino de ayudar a nuestros hijos. Nuestra intención como padres y educadores es formar a nuestros pequeños, educarles para que se desarrollen de forma integral, para que sean felices y adultos capaces y competentes. Pero, en mi opinión, tanto el premio como el castigo son formas de manipulación de los niños. Al final, lo que queremos es que hagan lo que a nosotros nos parezca, sin solicitarles ayuda, sin trabajar con ellos. En el caso del premio nos cuesta más entender que pueda haber algo malo. Pero, la realidad es que los premios son la otra cara de la moneda del castigo. Por otro lado, tampoco creo que debamos cosernos la boca para nunca alabar a nuestros hijos porque sería antinatural. Igual que es imposible que nunca castiguemos de forma alguna, con un grito o amenaza cuando ya no podamos más. No pasa nada.

Nuestros hijos no quieren padres perfectos.

Igual es el momento de que nosotros tampoco queramos hijos perfectos.

Y entonces, ¿cómo educar sin premios ni castigos?

Creo que lo primero y más importante es que revisemos por qué usamos estas estrategias, si por herencia, por poco autocontrol… y veamos si realmente es lo que queremos hacer con nuestros hijos.

Esta claro que renunciar a estas herramientas supone un proceso porque las tenemos  muy automatizadas y necesitamos una base, llamémosla conceptual, desde la que partir. Es decir, no basta con dejar de premiar y dejar de castigar.

No se trata de pasar de ser permisivo a la nada o de dejar de ser autoritario para volverse permisivo.

Tanto el autoritarismo como la permisividad enseñan IRRESPONSABILIDAD.

Truquis para educar sin premios:

Personalmente me cuesta no caer en la alabanza pero estoy consiguiendo sustituirlo por algunos de los trucos de los que hablé en este post. Sobre todo intento:

  • No decir nada, por muy la madre de la Pantoja que me sienta.
  • Hacer preguntas (“¿Cómo crees que te ha salido?”, “¿Estás contento con lo que has hecho?” “¿Qué parte te gusta más (si es un dibujo)?”, “¿Podrías haberlo hecho de otra forma? ¿Cómo?”) de manera que sea él el que se evalúe y disfrute de lo hecho y saque propuestas de mejora.
  • Describir lo que está haciendo (“anda, si ya te estás vistiendo”.)

Por otro lado, tengo claro que no es necesario sino más bien poco educativo comprar cosas a los niños. Ni porque sí, ni porque hayan hecho algo. De hecho, prefiero comprárselas porque sí en todo caso, no condicionarlas a nada, aunque procuro reservar los regalos para fechas y momentos especiales. Ojo cuidado que me cuesta, que tengo que parar y pensar.

Truquis para educar sin castigos:

Creo que lo más importante para evitar el castigo son dos cosas: buscar el éxito en la interacción del niño (no en el resultado) y reducir nuestras expectativas. Como podéis ver, ninguno de los dos aspectos implica que el niño acabe haciendo lo que nosotros queremos (je, je, je, ya lo sé, NO).

Lo que intento es tener expectativas ajustadas y realistas de lo que va a pasar y, si la cosa se pone chunga, intentar sacar un aprendizaje (tanto mío como del niño) de la situación. Así, me frustro menos y no me sale la leona que llevo dentro queriendo impartir “justicia”.

Para ello, lo que yo procuro hacer es:

  • Enfocarnos en soluciones para que no pase lo mismo de nuevo (que pasará seguramente). Es decir, qué podemos hacer la próxima vez
  • Enseñar habilidades, muy poco a poco.
  • Buscar la cooperación del niño:
    • hacerle preguntas en lugar de darle órdenes
    • hablarle mirándole a los ojos
    • pedirle que me diga lo que ha entendido de lo que le he pedido/explicado (evitamos que se “hagan los locos” o malas interpretaciones)
    • dar opciones limitadas (“¿prefieres vestirte en tu cuarto o en el baño?”, “¿quién quieres que apague la tele, mamá o tú?”
    • decirle lo que SÍ puede hacer, en lugar de lo que NO ( “tenemos que hablar bajito porque los vecinos tienen un bebé”, “podemos correr en el patio”
    • funcionar con una tabla de rutinas (esto, en casa, es mano de santo para los momentos críticos)
  • Respirar hondo o retirarme cuando veo que voy a explotar
  • Callarme todo lo posible para no: dar sermones, amenazar…
  • Ser firme pero amable a la vez
  • Hacer demandas muy concretas y asumibles por el niño
  • Darles tiempo (muchas veces, transcurridos unos minutos hacen lo que se les ha solicitado, se tranquilizan…)
  • Dar las gracias
  • Evitar entrar en luchas de poder
  • No penalizar errores sino ayudarle a resolverlos (por ejemplo, si tira la leche la recoge, pero yo tengo que enseñarle a hacerlo)

Por supuesto, hay muchas más herramientas y posibilidades. En este post profundizo más en cómo hacer que los niños se porten bien según mis valores y filosofía educativa y existen otras tantas. Y no dudéis ni un segundo sobre si pierdo los nervios y la c*g*. La respuesta es SÍ.

Cada vez menos, o soy más consciente de ello. Pero sé que me va a pasar siempre y lo asumo con naturalidad. O al menos lo intento.

Si os interesa educar de otra forma, pensando en el largo plazo, el aprovechar el día a día para ayudarles a construirse en el adulto que os gustaría que fueran, os recomiendo bibliografía en este post así como que sigáis el proyecto enfocado en la Disciplina positiva que he iniciado con mi amiga Alhu.

Estamos en Instagram como @disciplinapositivacordoba Si te apetece unirte, este miércoles 6 de marzo comenzaremos en esa cuenta la lectura compartida del libro Cómo educar con firmeza y cariño.

Leeremos 3 capítulos a la semana y cada martes compartiremos aprendizajes, frustraciones, aspectos que no nos queden claros, experiencias de éxito… sobre lo leído. Por otra parte, cada jueves propondremos un reto educativo, una meta de mejora como p/madres para intentar durante el fin de semana. Los domingos, veremos cómo ha ido.  

¿Utilizáis premios y castigos? ¿Qué os parecen las alternativas que intento usar yo? ¿Cuáles usáis vosotras?

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GRACIAS POR LEERME

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Источник: https://nuevemesesyundiadespues.com/premios-y-castigos-en-educacion-educar-sin-premiar-ni-castigar/

¿Por qué no debemos premiar o castigar a nuestros hijos con la comida?

¿Castigar o premiar a los niños?

En consulta me encuentro que en ocasiones los papás castigan o premian a sus hijos a través de la comida. “Si no te portas bien no vas a venir a cenar con nosotros”, “hasta que no te calmes te vas a quedar en tu habitación sin cenar”, “si te portas bien te doy una galleta”, “si no haces los deberes hoy vas a tener que cenar verdura”.

También en muchas ocasiones llenamos el aburrimiento de nuestros hijos con galletas, palomitas o chuches, es decir, alimentos procesados y azúcares, los cuales son una recompensa directa para nuestro organismo.

En estos casos lo que estamos haciendo es enseñar a nuestros hijos a gestionar las emociones a través de la comida y asociar determinados alimentos como negativos y otros como positivos. Este tipo de castigo es un grave error que a largo plazo puede generar problemas. Estaremos condicionando las conductas al privilegio de comer un dulce o simplemente de comer.

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Por qué no es bueno castigar o premiar a los niños mediante la comida

Alimentarse es una necesidad básica y forma parte de la rutina infantil del niño. Los alimentos no deben ser vistos como un premio que esté dentro de una negociación, como por ejemplo elegir postre. Este sí puede ser un privilegio que podemos dar a nuestro hijo, que elija el fin de semana entre tres postres que nosotros le ofrezcamos.

Tenemos que tener en cuenta que los alimentos sirven principalmente para nutrir y que como padres este es un deber que debemos cumplir. Los alimentos no son un regulador de estrés, ansiedad, ni de emociones negativas que nos hagan sentir un malestar. Si realizamos esta asociación en el niño, podrá acarrear futuros problemas.

Si nuestro hijo está inquieto, no podemos darle una galleta para que aguante un rato más sin “molestar”, si nuestro hijo está llorando en medio de un supermercado tampoco podemos darle una galleta para que se calme, si nuestro hijo está aburrido, la solución tampoco es darle unos gusanitos…

Con este acto estamos mandado a nuestro hijo diferentes mensajes implícitos: «no estoy disponible para ti, tu malestar me molesta y no se gestionarlo, mamá o papá sólo están bien contigo cuando estás bien, ante el malestar la solución es comer porque así te calmas»… Terminamos fomentado así a largo plazo el hambre emocional, aumentando el riesgo de sobrepeso y trastornos de alimentación.

Los efectos psicológicos de esta estrategia de educación

¿Qué pasa cuando ofrecemos o eliminamos la comida en función del comportamiento de nuestro hijo? Estamos anestesiando, suprimiendo y distrayendo los estados emocionales negativos de nuestros hijos.

Es necesario que los niños estén inquietos, aburridos y que tengan rabietas y naturalmente somos nosotros los que tenemos que calmar a nuestros hijos, ya que somos su fuente reguladora de emociones. Cómo ellos aprendan a regular las emociones de niños, así las regularán de adultos.

Un niño que se le ha calmado a través de la comida, ¿cómo gestionara las emociones de adulto? Probablemente ante cualquier situación que sea abrumadora o para la cual no tenga recursos necesarios de gestión, lo que hará será calmar el malestar acudiendo a la nevera.

Cuando ponemos en marcha este tipo de conducta no solemos acudir a alimentos sanos como frutas o verduras, sino como dije anteriormente acudimos a alimentos ricos en grasas y azucares. ¿Qué ocurre después de la ingesta? A corto plazo la ingesta calma, pero a largo plazo aparece culpa por el atracón realizado.

Si aprendemos desde la infancia que la ingesta calma, será un círculo muy difícil de romper. Utilizando los dulces o procesados como premios no estamos ayudando a los más pequeños. Son alimentos poco saludables.

Si queremos que el comportamiento de nuestros hijos sea bueno lo mejor es no hacer una relación entre la conducta y este tipo de alimentos, ya que estaremos dando una importancia especial a este tipo de alimentos. Si queremos que su conducta mejore, nuestra función es explicarles y enseñarles por qué comportarse de un modo u otro y cómo. El mejor premio será el refuerzo verbal y afectivo.

Un tipo de castigo poco adecuado

Castigar a los niños comiendo aquella comida que no es de su agrado (normalmente pescado, verdura o fruta) no resuelve el problema original y tampoco favorece la alimentación en el niño.

Lo que ocurrirá es que aparecerá una rabieta mayor cuando el niño tenga que comerse ese plato que tan poco le gusta.

Además, si comen este tipo de alimentos como un castigo conseguiremos aún menos que les gusten, ya que se convertirán en algo aversivo.

Que no esté el pescado, la verdura o la fruta en la dieta del niño no es una opción, poco a poco tenemos que ir introduciéndolo. En ocasiones, por no pelear o por comodidad para nosotros mismos, desistimos y aceptamos que el niño no quiera comerlo, pero esto es importante cambiarlo.

Si asociamos la mala conducta o comportamiento de nuestro hijo a un castigo en el que tenga que comer algún alimento que no le gusta, asociará ese alimento como algo desagradable y negativo, por lo que no querrá incorporar ese alimento a su dieta. Al contrario ocurrirá con los premios como chucherías y golosinas. Serán asociadas a algo agradable y positivo, por lo que siempre querrán sentir el placer de comer alimentos altos en azucares.

Es importante que la hora de la comida o cena se convierta en un momento agradable en familia, en la que no esté teñida por discusiones o sea un momento de castigo. De esta forma no se realizarán asociaciones negativas a la ingesta de alimentos.

Conclusión

Yo siempre digo que hay dos cosas importantes con las que no debemos castigar a nuestros hijos: la alimentación y el afecto. La ausencia de ambos puede generar a largo plazo problemas emocionales en ellos.

A la hora de poner una consecuencia es importante que la consecuencia elegida esté relacionada con la conducta que el niño ha puesto en marcha.

Por ejemplo, imaginad que nuestro hijo ha empezado a jugar con una botella de agua la cual ha derramado por todo el suelo y nosotros le castigamos diciéndole que esta noche comerá judías verdes.

El niño se enfada, llora, grita, mientras nosotros recogemos toda el agua derramada.

Además, a la hora de la cena y cuando tenga que tomarse las judías la rabieta volverá. ¿Qué ha aprendido el niño de la situación? ¿Se ha solucionado el problema inicial? ¿Hemos enseñado al niño que hacer ante esta situación? En una situación de este tipo, el niño no encontrará relación entre la conducta realizada y la consecuencia.

Es importante que la consecuencia se establezca de forma inmediata a la conducta y estén relacionadas.

En este caso, si el niño ha desparramado toda el agua tendremos que enseñarla a que hay que recogerla y cómo hacerlo. Que algo que ha sido divertido para él se convierto en algo un poco más tedioso como es recoger.

En este caso si estaremos enseñando al niño a reparar aquellas conductas negativas puestas en marcha.

Источник: https://psicologiaymente.com/desarrollo/por-que-no-debemos-premiar-o-castigar-hijos-con-la-comida

Embarazo y niños
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