Mi hijo no quiere ir al colegio

Mi hijo Aran decide cada día si quiere ir al colegio o no

Mi hijo no quiere ir al colegio

Recién acabado el primer trimestre de colegio de mi hijo Aran, de tres años, quiero explicaros un poco cómo hemos llegado al punto de dejarle cada mañana y cada mediodía la decisión de ir o no al colegio y, evidentemente, contaros qué opiniones hemos recibido de nuestro entorno más o menos directo.

Si hace un tiempo alguien me dijera que me iba a ver cada mañana preguntándole a mi hijo de tres años si quiere ir al cole diría que “ni loco”, que “no dejaría esa decisión en sus manos”, sin embargo así es y, lo que es más increíble del asunto es que, respetando sus decisiones diarias, somos todos más felices.

En su día os hablé de la adaptación de Aran. Los primeros días fueron relativamente bien, teniendo en cuenta que no llegaba muy convencido pero que se quedaba tranquilo después de algunos juegos. Sin embargo, unos días después las normas se endurecieron un poco y ya no nos permitían entrar con él a clase, siendo la despedida más rápida.

Quizás por esta razón o quizás porque pronto vio que esto de ir al cole era una cosa que iba para largo el tema empeoró.

No quería quedarse, entraba, pero lloraba llamándonos y, a pesar de los cientos de besos, abrazos y de aplazar la entrada en la misma puerta, no conseguíamos que entrara contento.

El tema era aún más dramático si tenemos en cuenta que no se queda al comedor, llegando a producirse dos separaciones traumáticas por día.

El pobre lo debía de estar pasando mal, porque había tardes que, digamos hacia las 19 o 20 horas, preguntaba si iba al colegio. Tan desorientado andaba que creía que en cualquier momento iba a ir. Los despertares eran igual de horribles: “¿hoy vamos al cole?”, preguntaba antes siquiera de abrir los ojos. Tras nuestro “sí” empezaba a llorar con bastante desespero.

En casa lo pagaba con nosotros

Entonces la gente (y el profe) empezó a aconsejarnos que no alargáramos la despedida, que era peor, que le dejáramos y nos fuéramos y claro, uno ya está medianamente curtido en estas batallas y tiene una filosofía un poco diferente de la vida, así que decidimos que no, que eso sería peor y que ganas de que la cosa aún empeorara no había, porque luego en casa lo pagaba con nosotros.

Estaba nervioso, todo le parecía mal, hacía las mil y una y bastaba que dijeras “sí” para que él hiciera “no” y que le dijeras “no” para que hiciera “sí”.

Hasta llegamos a hablar con el profesor por si en el colegio tenía también ese comportamiento y él restó importancia porque “no, no, aquí está genial”, haciéndonos entender que no teníamos que hacer nada especial porque aunque le costaba entrar, luego se quedaba bien.

Sin embargo teníamos claro que B era producto de A, es decir, que lo que sucedía en casa era resultado de lo que sucedía en el colegio, de quedarse ahí donde no se sentía seguro, de pasar horas en un sitio con gente con quien no tenía confianza (si la hubiera tenido habría mostrado su malestar también allí) y sobretodo de ver que, pese a que él no quería, nosotros seguíamos dejándole en allí cada mañana y cada tarde. Por primera vez en su vida, su padre y su madre habían dejado de respetar su decisión en algo importante.

Pensando en sacarle del cole

Así que viendo el percal llegamos a valorar la posibilidad de sacarle del colegio. No podíamos seguir viendo sufrir a nuestro hijo por ir al cole con tres años para que hacer cosas que tranquilamente podía hacer en casa. Entonces decidimos buscar un punto intermedio, por si la cosa se “medio resolvía”, llevándole sólo de mañana y evitándole así la separación de mediodía.

Esto nos dio mucho aire, y a él también, porque hacía el camino hacia el colegio (Miriam iba con los tres) y Jon se quedaba en clase, pero él no lo hacía.

Ella le preguntaba si quería entrar y él siempre respondía que no.

Sin embargo, por las mañanas, lo llevábamos con mayor o menor fortuna pero en general mejor al explicarle que por la tarde, si no quería, no hacía falta que fuera.

Dejándole decidir siempre

La cosa fue mejorando, por las mañanas entraba bastante bien y por las tardes se quedaba siempre en casa, pues decía que no quería ir. Entonces una mañana se levantó con un tremendo “NO”. No quería, era tratar de vestirle y desistir por verle luchando para evitar el pantalón.

Lo vimos claro: “papá y mamá, me dejáis decidir por las tardes si quiero ir al cole o no, veo que volvéis a tenerme en cuenta, que os importa mi opinión, que hemos recuperado nuestra relación de confianza… sin embargo, ¿qué pasaría si os dijera que por la mañana no quiero ir?”. Y respondimos lo que quería oír: “vale Aran, si no quieres ir no vayas”, y se relajó al instante porque efectivamente, esa mañana no fue al colegio.

Esa misma tarde Miriam se quedó a cuadros cuando al llegar al colegio, esperando recibir otro no por respuesta, Aran dijo que sí se quería quedar (quien te entienda que te compre, se suele pensar, pero al parecer para él era más importante nuestra respuesta que el hecho de ir o no ir). A la mañana siguiente fue de nuevo sin problemas y por la tarde prefirió quedarse en casa.

Opiniones diversas que hemos recibido

Sabedora la gente de que Aran no iba muy bien al colegio se han sorprendido muchísimo estos días al preguntarnos “qué tal va al cole” porque lo habitual es recibir un “bien, ahora ya bien” o un “aún va mal, pero bueno, a ver si pronto mejora la cosa” y nuestra respuesta es “bien, los días que quiere ir, va bien”, respuesta que ampliamos explicando que al final hemos decidido dejar la decisión en sus manos.

Entonces, lógicamente, todo el mundo nos ofrece su opinión (es lógico, es muy raro dejarle al niño la decisión de ir o no al cole… yo mismo he explicado al principio que hace unos años diría “ni loco”), basada sobretodo en dos verdades que parecen inmutables: “si le dejas elegir nunca querrá ir al colegio” y “los niños tienen que ir al cole, porque a mí tampoco me apetece ir a trabajar, pero tengo que ir”.

Verdades que no lo son tanto

Parecen inmutables, pero no lo son, porque ni siquiera son verdades del todo. Si les dejas elegir puede suceder como con Aran: unos días quiere ir y otros no. Unos días va y otro no, pero la mayoría de días sí va.

Esta última semana, de hecho, ha ido todos los días de mañana y tres tardes, entrando siempre contento. Es decir, de diez entradas a clase, pudiéndose haber librado de las diez porque él decide cuándo ir y cuándo no ir, sólo ha evitado dos.

Habrían sido tres seguras si hubiera querido porque este miércoles se levantó también con otro “NO”.

Le dijimos que vale, que se quedara en casa, y cuando yo ya estaba llamando al mayor para irnos, Aran dijo de repente: “¡esperadme, que yo también voy!”.

Entonces me armé de paciencia porque ya nos íbamos y ahora había que vestirle corriendo, y en cuanto estuvimos nos fuimos para el cole. Qué tío, tenía claro que se quedaba en casa y en el último momento cambió de opinión… quién le ha visto y quién le ve.

En referencia a la otra verdad, no es cierto que no puedas quedarte en casa sin ir a trabajar. Si una mañana te levantas con un gran “NO”, puedes no ir. Ahora bien, lo más probable es que haya consecuencias.

Si un adulto es conocedor de los problemas que puede tener por no presentarse en el trabajo no veo por qué no puede quedarse en casa los días que no quiera ir.

Pero está claro, nadie hace eso porque nadie quiere sufrir un despido, nadie quiere ser expedientado y a nadie le gusta que tu jefe te cante las cuarenta porque esa mañana, tras apagar el despertador, te diste cuenta de que no te apetecía ir.

Entonces lo extrapolamos a los niños y les decimos: “tú también tienes que ir al colegio igual que yo voy a trabajar… a mí me gustaría no ir, pero no puedo, tengo que ir, así que tú también”, como si ellos también sufrieran unas consecuencias por no ir. Pero, ¿cuáles son las consecuencias? ¿Le van a echar del colegio? ¿Le va a bajar la media en las notas y no podrá estudiar la carrera que quiere?

Es absurdo, ¡si a los tres años ni siquiera es obligatorio ir al colegio! (hasta primaria, de hecho, nadie te diría nada si no escolarizaras a tu hijo). Por eso, creo que la responsabilidad de ir al trabajo no es comparable con la resposabilidad de ir al colegio.

Al colegio hay que ir contento

Además, decimos que “a mí tampoco me apetece, pero tengo que ir” y es cierto, necesitamos un sueldo a fin de mes, pero su comida no depende de que vayan o no al colegio, por lo que “tienes que ir al colegio, aunque no quieras” es muy discutible.

Al colegio se va para aprender a ser persona, para aprender a estar con otros niños y para aprender cosas. Aprender es algo que va muy ligado al estado de ánimo. Si te diviertes, si te involucras y si recibes y vives de manera activa las novedades las aprenderás muy fácilmente.

Si en cambio te sientes engañado, dolido, fuera de lugar y estás alerta para protegerte y defenderte, difícilmente aprenderás demasiadas cosas.

Por eso siempre digo que un niño tiene que ir contento y motivado al colegio, o no aprenderá demasiado, y por eso no me preocupa mucho que mi hijo me diga que no quiere ir al colegio y que no vaya.

No me preocupa porque sé que el día que va lo hace porque quiere y no porque le obligamos y para mí vale más que vaya un día motivado que diez llorando.

Y como además no va un día, sino que va la mayoría de días por propia voluntad, ni te cuento.

Otra lección de uno de mis hijos. Ya he perdido la cuenta.

En Bebés y más | ¿Sois unos padres sobreprotectores? (II), No lo digo yo, lo dicen las “mentes brillantes”: el modelo educativo está acabado, “¡Papá, no quiero ir al cole. Me aburro!”, un libro que anima al cambio educativo

Источник: https://www.bebesymas.com/educacion-infantil/mi-hijo-aran-decide-cada-dia-si-quiere-ir-al-colegio-o-no

Mi hijo no quiere ir al colegio: ¿qué hacer?

Mi hijo no quiere ir al colegio

La escuela es uno de los principales ámbitos que contribuyen a que nos desarrollemos y a que aprendamos. Eso sí, ir al colegio es algo que algunos niños viven con ilusión y alegría, mientras que otros lo encuentran tedioso o angustiante.

De hecho, en ocasiones podemos encontrarnos con niños que por algún motivo se niegan a acudir al centro y manifiestan una férrea oposición a esta idea. Y ello puede sernos preocupante, especialmente si el niño en cuestión es nuestro hijo.

Por eso, muchos padres y madres se plantean… «¿qué hacer si mi hijo no quiere ir al colegio?» Discutamos algunas ideas al respecto a lo largo de este artículo.

¿Qué hacer cuando mi hijo no quiere ir al colegio?

“No quiero ir al colegio”. Probablemente sea algo que muchos padres habrán oído en más de una ocasión independientemente de la edad de su prole. Pero más allá de la mera falta de ganas de ir a la escuela y seguir las clases y el funcionamiento habitual del centro, esta frase puede esconder una gran cantidad de motivos.

Todos ellos son importantes y no está de más valorar qué puede llevar a nuestro hijo a decir eso, y ponerle algún tipo de solución.

En este sentido, cabe en primer lugar averiguar el porqué para posteriormente poder actuar en consecuencia, y luego empezar a tomar medidas efectivas.

1. Evalúa el porqué

Si bien existe una gran variabilidad en lo que respecta a lo que supone a nivel cognitivo y emocional para los niños ir al colegio, lo cierto es que una negativa insistente a ir a la escuela debe en primer lugar hacernos reflexionar respecto al porqué.

En muchos casos va a ser por falta de ganas, preferir divertirse en casa o jugando, por miedo a separarse de los padres, por vivirlo como una obligación o por falta de interés y motivación, pero también podemos estar ante una fobia escolar, una resistencia debido a sentimientos de incapacidad, la vivencia de situaciones estresantes como divorcios de los padres, nacimientos o muertes o al padecimiento de acoso escolar. Incluso es posible que se encuentre físicamente mal o esté pasando por una enfermedad (aunque ojo con posibles fingimientos).

Analizar las causas que llevan a que el menor se niegue a ir a la escuela puede permitir establecer una estrategia adecuada para motivarle a hacerlo o para dar solución a posibles problemáticas que pueda estar teniendo. Entre los diferentes aspectos que es necesario tener en cuenta para ello, algunos de los principales pueden ser los siguientes.

2. Mantén una comunicación fluida con tu hijo

Una de las principales bases de cualquier tipo de relación positiva es la comunicación.

En las relaciones paterno/materno-filiales esto es especialmente importante, de manera que el pequeño pueda expresar sus sensaciones, miedos y pensamientos con confianza y sin miedo a contar lo que pueda estar ocurriéndole.

3. Ten en cuenta sus motivaciones y dificultades

A veces la falta de ganas de ir al colegio viene causada por la falta de una motivación para hacerlo, o de la existencia de problemas a la hora de seguir las clases o entender determinados aspectos de estas.

Es por esto que tener en cuenta los intereses de tu hijo y entender qué le motiva puede ser de utilidad para optimizar sus habilidades y favorecer su desarrollo y voluntad de aprender.

También detectar posibles dificultades supone un primer paso para establecer algún tipo de pauta o ayuda que le podamos proporcionar, como por ejemplo ayudarle con sus tareas, explicarle algunos conceptos que no entienda o incluso recurrir a profesores particulares.

4. Comprueba si hay diferencias notorias en su actitud antes y después del colegio

A veces la existencia de cambios de comportamiento y estados de ánimo entre el antes y el después de ir a la escuela pueden estar indicándonos que puede haber pasado algo en él, más aún si se niega a acudir a la escuela.

En este sentido, puede ser de utilidad comentarlo con él o ella de forma asertiva y no invasiva, de manera que el niño pueda expresarse libremente.

5. ¿Ha habido cambios recientes en el hogar o la situación del menor?

Otro elemento a tener en cuenta a la hora de intentar valorar por qué nuestro hijo no quiere ir al colegio es el hecho de que pueda haber existido algún cambio o fenómeno importante que suponga un cambio considerable para este.

Por ejemplo, la muerte de un familiar cercano puede generar el miedo de perder a otro ser querido o de morir, algo que puede hacer que algunos niños no quieran separarse de sus familias o salir del hogar durante mucho tiempo.

Lo mismo ocurre con los divorcios y una posible sensación de dolor o incluso la creencia de que la separación es culpa suya, o ante el nacimiento de un hermano o hermano tanto si es por celos como si es por querer protegerlos.

6. Hablalo con el centro y profesores

Otro elemento que puede ser importante es el de mantener una comunicación fluída con el centro, de manera que si ocurre algo dicha información pueda compartirse.

Esto es útil tanto a la hora de informarse como padre del niño como de cara a notificar aspectos que a los profesionales de la escuela se les hayan pasado por alto. También permite generar estrategias para solucionar posibles problemáticas como el bullying o la presencia de vivencias estresantes.

Asimismo también es importante tener en cuenta aspectos como las notas o la agenda del niño, que pueden darnos pistas de la presencia de dificultades en una o varias áreas o de problemas en clase sea con alumnos, profesores o materias.

  • Artículo relacionado: «Los 5 tipos de acoso escolar o bullying»

7. Amigos y otros padres: otras fuentes de información

Otra posible fuente de información a la que podemos acudir para saber si el motivo de que nuestro hijo no quiera ir al colegio es que le haya sucedido algo o simplemente obtener otro punto de vista pueda pasar por acudir a los amigos y otros padres.

No se trata de interrogarles sobre nuestro hijo, pero a menudo pueden saber si ha ocurrido algo en clase que pueda resultar interesante. Ahora bien, hay que tener en cuenta que primero habría que hablar con nuestro retoño, no acudir a otros sin más.

Cómo reaccionar de manera positiva

Hasta ahora hemos visualizado algunos elementos o aspectos a tener en cuenta a la hora de valorar qué le puede estar pasando a nuestro hijo. Pero saber que está ocurriendo sin más no nos va a servir de mucho ya que al fin y al cabo tenemos que dar algún tipo de respuesta a esta situación.

En este sentido, algunas pautas de actuación que pueden ser útiles son las siguientes.

1. Interésate por la situación

Si bien puede parecer algo simple y a menudo no suele tenerse en cuenta a nivel consciente, el hecho de mostrar interés de manera evidente para el menor por lo que hace y por su negativa a acudir a la escuela puede resultar muy favorecedor. Y es que el hecho de aproximarnos a sus preocupaciones son una muestra de preocupación y apoyo hacia ello.

Es importante hacer esta aproximación de manera positiva, sin agobiar, violentar ni invadir su intimidad sino haciendo ver que nos importa.

2. Actitud positiva hacia la escuela

Acudir al colegio es una actividad que puede ser vivida de muchas maneras, pero que supone realizar tareas que a veces no nos gustan.

En este sentido resulta imprescindible hacer de modelo para el menor, mostrando una actitud positiva hacia la escuela y lo académico.

Padres que muestran rechazo o desagrado manifiesto hacia el hecho de estudiar, que indican que estudiar es una pérdida de tiempo o que ridiculizan a quienes lo hacen harán más probable que la escuela sea vista de manera negativa por sus hijos.

3. Apóyalos en sus tareas

Las tareas que se llevan a cabo en la escuela a veces pueden resultar complicadas, y algunas asignaturas pueden ser motivo de angustia y malestar para los estudiantes si no son capaces de comprenderlas.

En este sentido puede ser adecuado apoyarles y ayudarles con los deberes, algo que además demuestra interés hacia él o ella como persona y permite compartir tiempo con nuestro ser querido.

Eso sí, estamos hablando de ayudar, no de hacerles los deberes ni de quitarles responsabilidades.

4. Fomenta su autoestima y sensación de autoeficacia

Sea cual sea el motivo por el que nuestro hijo no quiere ir al colegio, el hecho de confiar en él y fomentar su autoestima y el pensamiento de que son capaces de hacerlo es de gran utilidad. En este sentido hay que mostrar interés y apoyo, hacerle ver y reforzar sus logros de manera incondicional y maximizar su potencial.

Las sobreexigencias por parte del entorno favorecerán que el pequeño siente que todo lo que hace podría estar mejor y nunca es suficiente. Hay que evitar críticas destructivas, desvaloraciones y comparaciones con los demás.

Por otro lado, también la sobreprotección es negativa, ya que el propio niño puede verse inútil y sentir que sin ayuda externa no es capaz de lograr nada. Se trata de que el niño se vea a sí mismo como alguien válido a la par que sienta que en caso de necesidad puede recurrir a la ayuda de otros.

5. Ni premios ni castigos

Es importante tener en cuenta que castigar la falta de ganas de ir al colegio puede ser contraproducente y puede transformar el propio colegio en algo aversivo. Así, no tenemos que castigar que digan o sientan que no quieren ir.

Del mismo modo, tampoco hay que premiar lo contrario, ya que en ese caso ir al colegio o manifestar ganas de hacerlo se transformaría en un medio para conseguir recompensas.

Lo que hay que procurar es que ir al colegio sea un acto natural que puede apetecernos o no pero que debe hacerse.

6. Contacta con el centro

Dependiendo del motivo de la negativa, puede ser necesario acudir al centro educativo y hablar con los responsables respecto a la problemática que la origina y con los profesores. Estamos hablando de casos como el acoso escolar, o bien para pactar estrategias conjuntas de cara a solucionar otras problemáticas.

7. Aproximación sucesiva

Especialmente cuando estamos ante niños muy pequeños, después de un período vacacional o cuando ha sucedido alguna situación traumática para el menor, puede ser adecuado que la introducción del niño en el centro se lleve a cabo de manera gradual y progresiva.

Es decir, tal vez pueda ser conveniente que primero pasen un período menor de tiempo en la escuela para que vayan acostumbrándose y reduciendo el nivel de ansiedad que les genere el estar en el colegio.

8. Higiene del sueño

Una última recomendación que puede ayudar a facilitar una mejor disposición a acudir al centro escolar se encuentra en solventar una de las posibles causas de la resistencia a ir al colegio: dormir mal.

En este sentido es recomendable asegurarse de que el menor tiene suficiente tiempo de descanso y sueño durante la noche, siguiendo un horario estable (no hace falta que se vaya a dormir siempre a la misma hora exacta, pero sí que siempre o de manera habitual debería irse a dormir en una franja concreta).

Y no solo el horario, también es importante que el lugar donde se duerma reúna condiciones estables y favorecedoras del sueño: luz, temperatura, espacio o estímulos que pueden despejar al niño (por ejemplo pantallas) deben estar controladas.

Resulta también recomendable que la cama se reserve para dormir y que no se haga habitual que sea un lugar para otras actividades, ya que en caso contrario el niño podría asociar la cama con estímulos que lo activen y resultar más difícil conciliar el sueño.

9. Recurre a ayuda profesional

Cabe comentar que dependiendo del caso, su origen y si se encuentran o no medios para ponerle solución puede ser necesario y recomendable acudir a profesionales, sea del propio centro (si los poseen) o de manera externa. Entre estos profesionales podemos encontrar asesores, psicólogos, logopedas, fisioterapeutas o incluso abogados en algunos casos graves.

Referencias bibliográficas:

  • Butler, C. (2008). Talk and social interaction in the playground. Aldershot: Ashgate.
  • Ginsburg, K. R. (2007)»The Importance of Play in Promoting Healthy Child Development and Maintaining Strong Parent-Child Bonds» (PDF). American Academy of Pediatrics. 119(1).

Источник: https://psicologiaymente.com/desarrollo/mi-hijo-no-quiere-ir-al-colegio

Fobia escolar: mi hijo no quiere ir al colegio

Mi hijo no quiere ir al colegio

La fobia escolar es una incapacidad, ya sea total o parcial, para acudir al colegio, como resultado de un miedo irracional a alguna situación relacionada con la escuela.

No se trata del típico niño que hace novillos porque no le gusta la escuela o se aburre, sino que es un problema que viene acompañado por una intensa sensación de angustia y síntomas de índole somática.

La fobia escolar puede presentarse de dos maneras:

  • Gradual: lo usual es que el niño comience a protestar ante la perspectiva de tener que ir al colegio. Los padres ceden y el pequeño se queda en casa, pero de forma esporádica y casi siempre debido a alguna queja somática (que puede ser real o inventada). Poco a poco la situación se les escapa a los padres de las manos, ya que el niño se muestra cada vez más reticente a asistir a la escuela. Esta forma de presentación es más usual en la etapa de la pre-adolescencia, cuando los cambios en la conducta ocurren de manera paulatina.
  • Brusca: el niño, que hasta el momento no había tenido problemas para ir al colegio, se niega rotundamente a asistir. Antes de esa negativa, no había manifestado ningún síntoma de miedo o ansiedad, pero es usual que ese cambio repentino en su comportamiento haya estado antecedido por una época en casa, ya sea debido a una enfermedad o por las vacaciones escolares. Esta forma de presentación de la fobia escolar es más común en los niños pequeños. No nos referimos aquí a la reticencia que tienen algunos niños pequeños a volver al cole después del fin de semana o las vacaciones, sino a una negación muy acusada que se mantiene en el tiempo.

Síntomas de la fobia escolar

Los síntomas principales de una fobia escolar son:

  • Ansiedad intensa ante la perspectiva de tener que asistir al colegio, que puede desembocar en verdaderas crisis de angustia.
  • Quejas somáticas, que pueden ser reales o inventadas. Lo más usual es que el niño refiera dolores de cabeza o de estómago.
  • Síntomas psicofisiológicos como náuseas, vómitos y diarreas, que suelen estar provocados por la ansiedad y la angustia que experimenta el niño, no por un trastorno físico.
  • Tristeza, llanto y pérdida del interés por las actividades que antes disfrutaba.
  • Explosiones de mal humor, que suelen estar causadas por un temor excesivo o cuando los padres le obligan a ir a la escuela.

Estos síntomas suelen ser más intensos por las mañanas, durante las horas previas a ir al colegio. Sin embargo, si el niño se queda en casa, suelen mejorar a lo largo del día, y en los periodos de vacaciones desaparecen por completo.

Durante la noche los síntomas vuelven a intensificarse, al igual que los domingos, ya que el niño es consciente de que al día siguiente tendrá que ir al colegio.

En algunos casos, cuando el pequeño asiste a la escuela, los síntomas también aminoran a medida que transcurre la jornada.

Causas de la fobia escolar

La primera prueba de independencia real a la que se suelen enfrentar los niños es el ingreso a la escuela.

En ese momento deben separarse de sus padres y quedarse con personas desconocidas por lo que, si no se tiene cuidado y el niño es muy sensible, pueden surgir problemas que den lugar a traumas.

Hay niños que no tienen dificultades para tomar el autobús escolar o leer en voz alta delante de la clase, pero para otros estas situaciones son muy tensionantes y pueden desencadenar un rechazo a la escuela, que más tarde puede convertirse en una fobia.

De hecho, cuando se trata de un niño pequeño, la fobia escolar suele estar vinculada con la ansiedad de separación. En estos casos, los niños lloran y se aferran a los padres porque no quieren separarse de ellos.

Vale aclarar que la ansiedad de separación es normal hasta los tres años pero más tarde, en la edad escolar, se puede convertir en un trastorno.

A menudo se debe a que el niño es demasiado tímido, ya sea debido a un rasgo de su carácter o a que ha sido sobreprotegido o no se ha estimulado su independencia, por lo que cuando se encuentra lejos de los padres, pierde su fuente de apoyo y seguridad, no tiene confianza en sí mismo.

En otros casos, la fobia a la escuela está vinculada con alguna situación estresante en el hogar, como un divorcio o la muerte de un ser querido. El niño suele pensar que si se ausenta de casa sucederá algo malo, por lo que no quiere ir a la escuela.

Otras veces la fobia escolar es el resultado de un problema en el colegio, como puede ser un episodio de bullying o el miedo a quedar en ridículo debido a su desempeño académico.

También se conoce que los niños que han pasado muchos días en casa, ya sea debido a una enfermedad o después de unas vacaciones, tienen problemas para retomar la rutina escolar, por lo que pueden desarrollar un rechazo a la escuela.

De hecho, no es un secreto que muchos prefieren quedarse en casa para ver la televisión y jugar antes que ir a la escuela, donde hay una serie de reglas que deben cumplir.

Pero tenemos que diferenciar una preferencia normal en un niño de un miedo incapacitante, como es la fobia escolar.

No obstante, lo más usual es que si se le pregunta al niño por qué no quiere ir a la escuela, no sepa responder. A veces puede indicar que le teme a un profesor, que no se siente cómodo con una asignatura o que algunos de sus compañeros de clase le molestan pero en muchos casos se trata de una angustia difusa y resulta difícil concretar el motivo.

Consecuencias del miedo a ir a la escuela

La fobia escolar es un trastorno que, de cierta forma, se instaura con la ayuda de los padres, aunque estos muchas veces no son conscientes de ello.

Lo usual es que el niño comience a presentar un cuadro neurovegetativo marcado por cefaleas, vómitos, dolor abdominal y náuseas.

Ante las dudas, los padres le dejan en casa, por lo que este cuadro se reafirma como una respuesta válida para evitar el colegio.

Sin embargo, las consecuencias del miedo a la escuela no se hacen esperar:

  • Deterioro académico, lo cual no está dado porque el niño tenga problemas de aprendizaje sino debido al absentismo.
  • Malas relaciones con sus coetáneos, provocadas por el hecho de que el niño no se inserta en el grupo escolar y prefiere no participar en las actividades del colegio.
  • Escasas habilidades sociales, cuando el niño no asiste con regularidad a la escuela, tiene menos oportunidades de desarrollar y poner a prueba sus habilidades sociales, lo cual le hace más vulnerable a sufrir acoso escolar.
  • Aparición de ataques de pánico o agorafobia, como resultado de la exposición a la situación temida.

Tratamiento de la fobia escolar

En El Prado Psicólogos podemos ayudarte a manejar la fobia escolar de tu hijo.

Nuestro tratamiento incluye diferentes técnicas de relajación, técnicas cognitivas y de modificación de conducta cuya eficacia ha sido ampliamente demostrada para el tratamiento de las fobias, entre ellas se encuentran: las técnicas de exposición, modelación, la práctica reforzada y el abordaje cognitivo de las creencias irracionales. Y por supuesto, también trabajamos con las causas emocionales que pueden estar detrás del origen del miedo a ir la escuela.

No obstante, como los padres desempeñan un papel importante en el manejo de la fobia escolar, también te brindaremos orientación y te indicaremos cuáles son los pasos a seguir para que no contribuyas a prolongar el absentismo.

¿Qué se puede lograr con la terapia psicológica?

  • Descubrir las causas que generan el miedo a la escuela.
  • Aprender a manejar los síntomas neurovegetativos asociados a la fobia.
  • Introducción gradual y controlada al entorno escolar, hasta que logre asistir al colegio sin sufrir ansiedad.
  • Entrenamiento en habilidades sociales y de resolución de conflictos, para que el niño pueda manejar mejor las situaciones que le preocupan en la escuela.
  • Aumento de la autoestima y seguridad del niño.

Si tu hijo o hija se niega a ir a la escuela y crees que puede estar sufriendo una fobia escolar, llámanos, podemos ayudaros.

Tarifas

Si lo deseas podemos realizar una primera entrevista informativa gratuita en la que valoraremos el problema de tu hijo/a y te indicaremos cual es el tratamiento más adecuado.

En el tratamiento de la fobia escolar el precio de cada consulta psicológica es de 80 euros. Ofrecemos un bono descuento de 5 sesiones por 345 euros (69 euros por sesión).

Источник: https://www.elpradopsicologos.es/escolar/fobia/

¿Qué hacer si tu hijo no quiere ir al colegio y llora siempre?

Mi hijo no quiere ir al colegio

En estas primeras semanas del curso escolar el termómetro de los estados anímicos alcanza cotas inusitadas.

La vuelta a la rutina nos torna quejumbrosos; la meteorología nada empática con corazones afligidos nos asfixia y las tareas de inicio de curso, de incorporación de los pequeños a las escuelas, son la gota que colma el vaso.

El infortunio nos ataca por nuestro lado más vulnerable, los retoños. Todos los cursos, escribo y comparto nuestras reflexiones de maestras de escuela sobre un proceso, muy, muy importante, el periodo de adaptación.

Hace años que abandoné centrarme en los pasos que debería dar el niño para lograr culminar con éxito la proeza de desprenderse de un entorno seguro y confiable como es el hogar para adentrarse en otro inexplorado, incierto y desafiante.

Llegué a la conclusión de que cargar al niño con la responsabilidad de obtener éxito en una decisión que hemos tomado los adultos y que además lo haga como desearíamos, es una suerte de atrevimiento, si cabe poco respetuoso y compasivo. Si queremos procesos de adaptación a la escuela adecuados los que debemos prepararnos somos los progenitores y los educadores.

Ellos, los niños, tienen muy poco margen para anticipar lo que apenas o nada existe en sus mentes y como es obvio, por edad, están a expensas de los designios de los que más les quieren.

Para ayudar a los padres en la tarea de encontrar información útil, fiable y basada en la evidencia científica, y a la vez, crear una comunidad donde profesionales y familias se enseñen los unos a los otros, nació la web Mamicenter (evolución del grupo de El médico de mi hij@).

En él, profesionales de todos los campos relacionados con la salud infantil atienden a las dudas que nos pueden surgir en el día a día de forma gratuita.

Nuestro colaborador Jesús Martínez, pediatra, cofundador y codirector médico de Mamicenter, atenderá quincenalmente junto a su equipo a las dudas de los lectores.

Sin embargo, aunque decisión y claves deriven del adulto será el niño el que construya su proceso. Un proceso que trasciende a lo puntual y que instalará en la mente del pequeño experiencias y aprendizajes fundamentales como base relacional consigo mismo, con los demás, con el entorno escuela… con impacto no solo en esos días, sino también en el futuro escolar.

En demasiadas ocasiones. en educación nos vemos mediatizados por la urgencia y queremos ver resultados al instante.

Bajo el influjo de esta presión hacemos hasta lo que no debemos y mientras tanto nos olvidamos de ese largo alcance de una adaptación “bien o mal interiorizada”.

Merece la pena respirar hondo, ponerse las lentes de la naturaleza infantil y hacer el esfuerzo que sea necesario para garantizar que el niño va a estar acompañado por adultos conscientes de la importancia de “sentirse bien en la escuela”.

Insisto en este último párrafo, la importancia del proceso de adaptación. La percepción de que es algo que hay que soportar y que con el tiempo se pasa, nos hace ciegos al posible déficit que quede sin abordar. Pero casi me atrevo a afirmar que, aunque se conozcan estas razones los efectos a largo plazo se obvian en muchas ocasiones para centrarnos en otros aspectos perturbadores.

Acabar con el llanto

Los niños lloran. Lloran al entrar en los centros.

Y con el llanto infantil llueve en el alma de los padres, llueve en el alma del educador mientras ve rodar por los mofletes de los nenes un río de lagrimotas.

Entonces es muy difícil acordarse de las teorías, de las reflexiones, de los acuerdos, de las pautas. Es difícil cuando el niño pierde el apetito, está irascible, enferma o no duerme.

Sentimientos enfrentados, aluvión de sensaciones negativas; ansiedad, tensión, envuelven uno de los periodos más sensibles de la vida escolar. Que entonces te digan que te descentres y pongas la mirada más allá del sabor amargo de una lágrima, es difícil.

Y si te animan a responder con confianza en ti, en el niño, en el centro, pues es casi como si te pidieran que alcanzaras la luna.

Quien tiene las riendas de nuestro organismo son las fuerzas inconscientes de las emociones, el temor, el enfado, la culpa…

El sonido y la visión del llanto de los niños te resuenan en lo más profundo del cerebro y no hay duda, hay que hacer artes malabares para no salir corriendo de la “amenaza escuela” ¿esto os pasa?

Lloran. Se anegan pensamientos y corazones.

Y aparece en nosotros ese adulto que se debate entre la necesidad y el deseo.

Sin embargo, os propongo otra perspectiva ¡Pensad que es vuestro, nuestro momento, el del adulto, el de la modulación de tus emociones! Tú decides.

Esta puede ser una maravillosa noticia ¡Podemos influir en el bienestar infantil! Tomar conciencia de nuestra responsabilidad en el proceso nos aleja de la impotencia.

Os presento a Mario, un pequeño hasta hace una semana, ávido por explorar el mundo. Se incorporó a la escuela.

Ahora, Mario se despierta, ha perdido su energía arrolladora, rechaza todo lo que se le propone; su pensamiento gira y gira entorno a la misma idea, no quiere ir a eses sitio nuevo; y con lengua de trapo suelta un rotundo y claro “no”. A partir de ahí ya no hay escucha, se muestra rebelde o, por el contrario, desmoralizado.

¿Cómo podemos ayudar a Mario? Os remito a la publicación que existe en mi blog para las reflexiones sobre los previos, os invito a conocerlo. En este escrito pretendo abordar esos días tan desestabilizadores de cuerpos y almas, “los días del llanto” ¿Qué funciona, qué ayuda?

No voy a extenderme, tan solo apuntar lo que no debe faltar. Familias y docentes, todos tenemos nuestra parte de responsabilidad en el bienestar de los niños.

Sé su espejo

Se puede ayudar mejor al niño si se conoce y valida lo que siente.

Transita el miedo, tristeza la rabia… Las interpretaciones y actuaciones adultas no siempre se corresponden con la afectividad infantil.

El adulto es ese espejo en el que encuentra la razón, la génesis de sus males, la interpretación a lo que le acontece. No dudes, no niegues, valida “estás triste, estás enfadado”. Este es el primer paso de la regulación emocional infantil, sentirse sentido.

Si no existe la percepción de que sus sentimientos “resuenan en el adulto educador” el niño inconscientemente se encuentra perdido; los que le pueden ayudar no aprecian la necesidad. Y está inmerso en lo que el cerebro ha interpretado un desafío de supervivencia.

El adulto es el mediador entre la tormenta y la calma.

Se nutren de afecto

Siempre la mejor de las motivaciones es aquella que nace de dentro, ese impulso que posee más de la mitad emocional, con un ápice de racional, que empuja y nos hace movernos en la dirección del deseo.

  ¿Y cómo influir para que el niño desee estar en la escuela? La vida del niño en la adaptación es demasiado compleja, cargada de factores estresantes que invitan a actitudes desabridas.

Sea como fuere el comportamiento infantil, independientemente de cómo actúe, los niños deben recibir un trato sensible, considerado, cordial. Enfatiza tu mensaje de amor, el mejor método de llegar al corazón de los niños.

Un lector de señales

Confortar es el objetivo. En el proceso de adaptación, el niño, nunca, nunca debe ser abandonado a su suerte. Comunica afectiva y efectivamente. Presencia acogedora que alimente vinculación “soy tenido en cuenta, tengo mi espacio, soy atendido, soy cuidado, soy querido”. Un entorno que arrope, que anime, que sea cauce de serenidad.

Confianza básica

Cree en tu capacidad, le enseñarás a confiar en la suya. Está iniciando una gran conquista, este proceso es un gran ensayo de sus habilidades.

Entornos sin miedo, entornos sin culpa, entornos seguros.

La ansiedad constante tiene un buen antídoto, la atmósfera debe ser siempre emocionalmente segura. La forma en la que el equipo escolar y la familia afronten los miedos infantiles invalida o habilitan para sentirse importantes, significativos, útiles, parte de la comunidad.

Hay demasiadas referencias que nos muestran que hemos convertido las escuelas en sucedáneos de vida, donde los niños no quieren estar.

Los docentes nos sentimos irritados, desafiados, provocados, heridos y hasta desesperados, por las condiciones que infravaloran el respeto a la dignidad (ratios, presiones administrativas y económicas…) en el proceso de adaptación más, y utilizamos herramientas para “encarrilar” al alumno.

Aprendamos a considerar estos conflictos como oportunidades para desarrollar la flexibilidad, la empatía, la cooperación, el crecimiento personal y profesional a través de estrategias más humanizadas. Somos importantes en la vida de los niños.

Rutinas que sitúen

Planificar actividades, tanto en los hogares como en los centros, con el fin de optimizar el proceso de adaptación es un aliado muy valioso. Cuídate, no se cuida bien si te sientes mal. Pon optimismo en tu agenda, desvía el foco, no te ancles en mascullar el malestar. El descanso, el deporte y la alimentación son combustible cerebral, no te olvides de mantenerlo saludable.

Más que nuca familia y escuela deben trabajar juntos, con una visión compartida de todos estos aspectos, practicando el diálogo. La complicidad nos hace congruentes a los ojos infantiles y eso es lo que dota al niño de medios seguros y confiables.

Y un recordatorio, el término proceso no es un capricho, hace referencia a la secuencia de pasos que familias y educadores habrán de dar en el camino de la adaptación del niño a la escuela. Cuando lo vemos de esta manera es posible que seamos más comprensivos, más compasivos con nosotros mismos y con los niños.

A vuestra disposición ¡Que este sea el curso casi perfecto!

Marisa Moya es maestra de infantil y psicóloga, responsable de educación y psicología en Mamicenter.

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Источник: https://elpais.com/elpais/2016/09/07/mamas_papas/1473225865_741948.html

Embarazo y niños
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