¿Por qué queremos incondicionalmente a nuestros hijos?

Los niños solo quieren querer (y que les quieran)

¿Por qué queremos incondicionalmente a nuestros hijos?

En el número nueve de Madresfera Magazine, que publicábamos a finales de marzo, tuve la suerte de poder entrevistar a la cantante británica de adopción murciana Alondra Bentley para un reportaje sobre música “para niños” apta para adultos.

Cuando le pregunté acerca de las diferencias que encontraba entre actuar para un público adulto o hacerlo para uno familiar, ella, que además de cantante también es profesora de inglés con peques, me regalaba una respuesta que lleva un tiempo rondándome la cabeza:  “La inocencia y la capacidad de fascinación de los niños hacen que cuando actúas para ellos encuentres un sentido más profundo a lo que estás haciendo, y además los niños te dan su cariño incondicionalmente ¡quieren querer todo el rato! Con los adultos todo es mucho más complicado“.

La cuestión es en qué momento de nuestra vida todo pasa a ser más complicado. Cuándo esa necesidad de “querer todo el tiempo” es reemplazada por otros menesteres o si en realidad no es reemplazada sino que seguimos queriendo de otra manera, sin que sea tan clara esa incondicionalidad.

Pero entonces nos convertimos en madres y en padres y de repente recuperamos con más fuerza que nunca ese amor incondicional de la mano de nuestros hijos. Y nos damos cuenta de que en realidad lo único que necesitamos es “querer y que nos quieran“, como me dijo un día Carles Capdevila.

Lo necesitamos nosotros. Y lo necesitan ellos.

Cuando más lo necesitan

Observo a mis niños y, aunque suene enormemente maternal o incluso ñoño, veo en ellos unas máquinas de dar amor. De amor incondicional.

Incluso en los momentos peores, en esos en los que hay rabietas o cansancio a porrillo, en los que los “noes” se suceden sin tregua o en los que tu propio agotamiento te hace olvidar cómo has llegado a ese caos absoluto de días eternamente cortos, ellos solo siguen necesitando querer. Y, sí, que les quieran. Lo buscan con la mirada y con los abrazos. También con sus lloros o sus enfados. Y entonces recuerdo aquello que decía Rosa Jové de “Quiéreme cuando menos lo merezca porque será cuando más lo necesite“. Lo recuerdo porque es a nosotros a los que nos cuesta ofrecerles ese cariño incondicional en todos esos momentos.

Inevitablemente pienso en quienes opinan que un bebé ya desde que nace “es muy listo”, “que te tiene tomada la medida” o que “los niños solo te quieren por el interés”, como nos dijo un día el pescadero del mercado.

Se olvidan de que somos los adultos los que pervertimos ese amor sin restricciones ni réditos a golpe de chantajes.

De chantajes emocionales pero también materiales; como cuando ese mismo pescadero le ofrecía a Mara un caramelo si “era buena” y se lo comía después de cenar.

Con mirada de niño

Y luego está la inocencia de la que hablaba Alondra. Hasta hace no mucho era yo la que pensaba que los niños eran “malos” por naturaleza y no encontraba rastro alguno de inocencia.

Supongo que haber sufrido acoso infantil hasta bien entrada la adolescencia no ayudaba a ver a los niños de otra forma que no fuera como seres horribles que solo buscaban el mal ajeno. También yo me culpaba de ser como era, no le iba a echar toda la culpa a ellos.

Ahora, con el paso de los años, y la perspectiva que me ofrece mi propia maternidad, me doy cuenta no solo de que estaba completamente equivocada sino, además, de que me equivocaba con el culpable porque el origen de aquel mal no creo que se encontrara ni entonces ni ahora en los propios niños, sino en el entorno en el que crecemos. En lo que se les transmite a los niños día a día. En el amor que no reciben o en el que no les dejamos dar.

Supongo que por eso la lectura que pudiera hacer ahora de “El señor de las moscas” poco tendría que ver con la que hice en mi época universitaria; y hoy se posiciona más en el lado de que cómo tratamos a los niños desde que nacen, cómo les educamos, cómo les reprimimos, repercute de una u otra forma en su futuro. El inmediato y el siguiente. Y que, al final, es lo que les ofrecemos lo que les convierte de adultos en monstruos o en máquinas de amar.

¿Qué pensáis vosotros de ese amor incondicional? ¿Pensáis que los niños quieren querer y que les quieran todo el tiempo?

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Источник: https://www.marujismo.com/el-amor-incondicional-de-los-ninos/

9 Pasos para instalar el amor incondicional en tu vida y la de tus hijos

¿Por qué queremos incondicionalmente a nuestros hijos?

Todos sabemos que los niños necesitan amor incondicional para prosperar en la vida. ¿Pero cuántos de nosotros nos sentimos capaces de dárselo? En muchas ocasiones, simplemente no podemos dar algo que no tenemos dentro.

Las investigaciones han demostrado que siempre podemos crecer emocionalmente, ser más cariñosos con nosotros mismos y con los demás. Y en este sentido, tener hijos y educarlos es el camino más rápido.

El amor por nuestros niños y nuestra preocupación por su bienestar nos motiva a crecer. No es fácil, porque sanar la capacidad de amar requiere atención y compromiso diario.

Pero la buena noticia es que a medida que lo vamos ejercitando, no solo somos mejores padres, sino personas más felices.

Aquí os resumimos las claves para trabajar el amor incondicional, empezando por nosotros mismos.

1. Perdonarse por no ser perfecto

El amor incondicional significa quererse tal y como es uno. Hay que abandonar los prejuicios de no sentirnos lo suficientemente buenos. Lo que el niño necesita es nuestra presencia y nuestro aprecio, no la perfección.

Los padres cometemos errores y hay que saber perdonarse a uno mismo. Si hacemos esto, siempre encontraremos la forma de reparar esas pequeñas desavenencias. La relación con nuestro hijo se fortalecerá y también su capacidad de resiliencia.

Cada vez que llegue la autocrítica, hay que recordar que nuestro objetivo: amarnos a nosotros mismos y a los demás.

2. Entrenar el amor incondicional

La práctica diaria es la mejor manera de dominar cualquier disciplina. En este sentido, el amor incondicional es como un músculo y necesita entrenamiento. El compromiso de tratarse a uno mismo y a los demás con compasión es un buen punto de partida.

«La última lección que todos nosotros tenemos que aprender es el amor incondicional, que incluye no solo a los demás sino también a nosotros mismos» – Elisabeth Kubler

Cuando alguien se acerque a nosotros, a nuestra familia, intentemos buscar algo que valoremos en esa persona, eso ayudará a una interacción más fluida.

3. Comprometerse al autocuidado

Cuando somos capaces de permanecer conectados con nuestra fuente de bienestar interno, éste se desborda sobre nuestros hijos. Nos convertimos en padres más pacientes, más alegres y cariñosos.

Para alcanza el amor incondicional con los hijos debemos mantener nuestro propio nivel de bienestar. Aunque por desgracia, la mayoría vivimos en un constante estrés que nos agota. La vida es corta y te mereces tener bienestar, es importante comprometerte a cuidarte y mantenerte centrado.

De esta manera, podrás ejercer una crianza pacífica, paciente y alentadora que es lo que todo niño se merece.

 4. Curar las heridas del pasado

La infancia está sometida a factores que influyen en el desarrollo de la mente. La infancia de los padres también. Por eso hay que liberar el corazón, y sanar las viejas heridas del pasado. Nuestros padres, sin importar lo bien intencionados que fueran, eran producto de su tiempo. Es hora de curar esos viejos factores desencadenantes de heridas que tenemos.

5. Sanar el corazón y tu vida

Abrirse paso entre las emociones. Cuando te enfades, nota la reacción de tu cuerpo, respira, aprende a abrirte paso entre las emociones.

Evita quedarte atrapado en la historia y observa tus reacciones físicas. Al afrontar el dolor en lugar de evitarlo, lo asimilas y lo superas.

Podrás notar como viene, sentirlo, y dejarlo ir en lugar de actuar en consecuencia. Eres capaz de controlar tus emociones y por tanto también tus reacciones.

6. Gestionar el enfadado

Cuando nuestro hijo se comporta como un ángel y está siendo encantador es fácil que fluya el amor incondicional. La cosa cambia cuando nos sentimos justificadamente enfadados por el comportamiento de nuestro hijo.

En este caso es más difícil resistir la tentación de arremeter contra él. Comprometernos a ser padres por amor implica saber gestionar los enfados propios en lugar de transmitírselos al niño.

Con la práctica, se vuelve cada vez más fácil y supone una transformación completa en la relación con nuestro hijo.

7. Todos los padres cometemos errores

Es evidente que los padres no tenemos todas las respuestas, y que nos equivocamos. Pero los errores no lo son si los utilizamos para hacerlo mejor la próxima vez. No tenemos que arreglar al niño o la situación.

Todo lo que tenemos que hacer es estar presentes y elegir el amor en lugar del miedo. Los hijos necesitan la aceptación incondicional de los padres, que los quieran tal y como son, y con todos sus sentimientos. Las emociones, incluso las negativas son válidas.

Si lo aceptamos con amor ellos también lo harán, y compartiremos una vida emocional rica.

8. Ponernos en su lugar

El amor incondicional no es solo lo que sentimos, es un amor sin ataduras. Eso significa que nuestro hijo no tiene que ser, o hacer nada en particular para ganarse nuestro amor. Lo queremos simplemente porque es aunque se porte mal.

El truco es comprometerse a ver las cosas desde el punto de vista de nuestro hijo. Al hacerlo, en muchas ocasiones, la mala conducta serán comprensibles y perdonables.

Con esto la compasión será cada vez más fácil, y nuestro amor se vuelve incondicional.

9. La perfección se alcanza con la práctica

Los científicos afirman que al repetir las experiencias continuamente nuestro celebro se reconecta. Curar nuestra capacidad de amar incondicionalmente requiere por tanto de práctica diaria.

No existe la madre o el padre perfecto. Lo que sí es posible es ser mejor cada día. Visualiza los errores como lecciones para mejorar. Sigue practicando, generando conciencia en cada interacción con tu hijo. Y disfruta del viaje mientras ves cómo se transforma tu vida y la de tu familia.

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Источник: https://saposyprincesas.elmundo.es/consejos/psicologia-infantil/amor-incondicional/

Amor incondicional

¿Por qué queremos incondicionalmente a nuestros hijos?

Todos los padres quieren a sus hijos, ya se que en las noticias de vez en cuando salen casos extremos pero, por lo general, todos los padres quieren a sus hijos hasta el infinito y más allá, que diría Buzz Lightyear. Sin embargo, no todos los hijos saben que sus padres les aman. 

¿Por qué se produce esta desconexión?

 Esto se debe a interferencias en el lenguaje del amor. A veces los mensajes de amor que enviamos a nuestros hijos no llegan o llegan de forma incompleta o distorsionada. Damos por hecho que queremos a nuestros hijos y nos olvidamos de decírselo y de demostrárselo.

Otras veces, la mayoría, esta desconexión entre el amor de los padres y los hijos se debe al uso condicionado del amor:si no comes mamá no te va a querer, no te hago caso hasta que recojas, si no terminas éso no salimos… Estamos tan acostumbrados a oír esas frases que ya no encontramos nada extraño en ellas, las han usado nuestros padres con nosotros, se las hemos oído a los abuelos, en casa de los tíos, del vecino… Parecen simples frases hechas pero el mensaje que recibe el niño es claro: si no haces lo que yo quiero no te voy a querer (y no voy a hacer cosas divertidas contigo) un simple cambio en el lenguaje sería suficiente para mejorar la comunicación y evitar problemas en el futuro pues un niño que crece expuesto continuamente al amor condicionado puede convertirse en un adolescente caprichoso que utilice el amor como moneda de cambio en sus relaciones o en un adulto que busque a toda costa complacer a los demás abandonando sus propios deseos. 

El problema es que estamos tan acostumbrados a escuchar estas frases que se nos hace difícil darnos cuenta de que estamos utilizando el chantaje emocional con nuestros hijos, pero es importante estar atentos y darnos cuenta de que lo utilizamos, aunque sea de forma inconsciente. La excusa general para este uso del amor condicionado es “educar”.

A muchos nos educaron así y es difícil encontrar otras fórmulas con las que dirigirse a nuestros hijos, siempre es difícil cambiar una costumbre, y más difícil aún es aceptar que nuestros padres pudieron cometer un error (aunque lo desconocieran y actuarán desde el amor) muchas veces es el propio cansancio, el estrés del trabajo de la vida diaria, lo que nos empuja a repetir fórmulas del pasado que aunque nos rechinan en la cabeza por que en un rincón de nuestro cerebro recordamos que cuando éramos niños no nos gustaba que nos dijeran eso, al final caemos en la repetición e imitación de nuestros modelos de crianza (ojo, que no estoy diciendo que todo sea malo, me refiero solo al chantaje emocional) 

¿Es posible educar sin chantaje emocional? 

Según estoy escribiendo este artículo me ha venido a la cabeza el caso de un amigo del colegio, aprobara o suspendiera se iba a pasar el verano al pueblo, recuerdo que mi madre criticaba esa actitud por parte de sus padres culpándolos del fracaso escolar de su hijo, ahora viéndolo en perspectiva y como ha evolucionado su vida, veo todo muy diferente, lo primero es que eso que llaman fracaso escolar esta sobrevalorado, ahora ese chico tiene un trabajo que muchos envidiarían  y una vida perfectamente normal, lo segundo es que sus padres le conocían muy bien y actuaban de forma incondicional, tras nueve meses encerrado en el colegio (y en la ciudad) necesitaba una desconexión total, era de esos chicos que hoy hubieran llamado (y diagnosticado) hiperactivo. Esta última parte es la más importante, sus padres seguían su instinto y sus propias convicciones  a pesar de lo que recomendara el colegio (que ofrecía clases de apoyo en los meses de verano) y lo que aconsejaban otros padres: si ha suspendido hay que castigarle

Ha muchos personas parece que les gusta castigar, lo veo por la calle, en el parque, niños que están jugando y padres que se van enfadando por momentos sin saber muy bien por que.

Ejemplo: El niño está tirado en el suelo bajo el tobogán, frase del padre: “levántate a la de uno, dos, como llegue a tres…” No término la frase pero realmente me quede con ganas de preguntarle qué iba a pasar si llegaba a tres, acaso no habían ido al parque a jugar, es que hasta en el parque los niños deben comportarse y jugar de una determinada manera sin poder tirarse un rato sin más. El niño, que probablemente sí sabía lo que ocurriría si llegaba a tres, se levantó y se puso a jugar a otra cosa. No llevaba ropa especial, no había charcos, no hacia frío, no encontré ningún motivo objetivo para impedir al niño estar tirado en el suelo sin más, pero por algún motivo, para ese padre era motivo suficiente para llegar a la amenaza: uno, dos, como llegue a tres… No hubiera sido más fácil decir: hijo levántate que te van a pisar! Y ya está, sin enfados, sin estres, sin tensión, sin amenaza de castigo.

Como vemos un simple cambio en el lenguaje es suficiente para demostrar a nuestro hijos que les amamos a la vez que les educamos, sin amenazas, sin castigo, una sencilla explicación en la mayoría de los casos es suficiente para que los niños entiendan que quizá algo que están haciendo no es lo más conveniente en ese momento.

Mucha paciencia y mucho amor para lograr objetivos a largo plazo pues no se trata de que se comporten en ese momento porque estamos delante y tienen miedo a un castigo, una represalia o “consecuencia” por nuestra parte, sino se trata de que en su libertad sean conscientes de que existen más personas a su alrededor a las que hay que respetar y unas normas sociales que hay que cumplir para vivir en sociedad. 

Educando con amor y respeto a las próximas  generaciones tal vez consigamos una sociedad respetuosa y libre. 

Источник: https://fanfamiliar.es/amor-incondicional

Las muestras de amor incondicional que nutren a nuestros hijos

¿Por qué queremos incondicionalmente a nuestros hijos?

El amor sin condiciones es el origen de la felicidad, por eso las muestras de amor incondicional favorecen el desarrollo de nuestros hijos, su salud afectiva, su autoestima y su personalidad.

El amor incondicional y la infancia

Los niños necesitan desde bebés una presencia física y emocional constante, cariñosa, protectora y empática. Necesitan sentir amor, compañía y seguridad. Si lloran, necesitan consuelo. Si tienen miedo, necesitan sentirse protegidos. Si sienten alegría, necesitan compartirla. Si desean lanzarse a explorar el mundo, necesitan apoyo y confianza.

Cuando un niño crece notando la presencia y el amor incondicional de sus padres, se siente seguro de sí mismo y desarrolla una alta autoestima que le acompañará de por vida.

Para ello, es necesario no forzarles a realizar hitos para los que no están preparados (dejar el pañal o comenzar a andar antes de tiempo, irse a dormir solos a un cuarto propio o lanzarse por un tobogán si sienten miedo).

En realidad, los niños pequeños no piden mucho para ser felices: sentirse acompañados, amados, respetados, cuidados, que les hagan caso, les atiendan, les miren, les escuchen, les mimen y jueguen con ellos.

Pero para muchas personas, ofrecerles a sus hijos su amor, compañía y atención constantes supone una gran carga debido al lastre de sus propias infancias y a un sistema productivo capitalista que nos marca la obligación de alejarnos de nuestros bebés, desde sus primeras semanas de vida, para poder subsistir económicamente.

Amarles incondicionalmente es la mejor forma de protegerles

El cariño, el respeto y la seguridad que damos en sus primeros años de vida a nuestros hijos determinan su salud emocional. El autoritarismo y el desapego emocional tienen consecuencias…

Al amar a alguien podemos caer con facilidad en las trampas del cariño afectivo.

En nombre del amor, a veces manipulamos y chantajeamos emocionalmente a nuestros seres queridos esperando influir en su conducta o puntos de vista con el objetivo de satisfacer nuestras propias carencias afectivas, y así cumplir nuestras expectativas e idealizaciones que a menudo proyectamos y volcamos en quienes nos rodean.

Todos los padres amamos a nuestros hijos y deseamos lo mejor para ellos, no solo en su infancia, sino también en su vida adulta.

Sin embargo, en muchas ocasiones, debido a nuestro estilo de vida y a nuestra propia experiencia familiar, nuestro acompañamiento es deficiente y nuestros hijos llegan a adultos cargados de carencias emocionales que les causan una perpetua sensación de infelicidad.

Como padres, actuamos convencidos que tomamos las decisiones correctas para criar y educar a nuestros hijos pero a menudo, en la práctica, no podemos o no sabemos otorgarles una buena base para que sean niños felices y se conviertan en adultos felices.

Amarles incondicionalmente les protege mucho más que el exceso de cuidado, la sobreprotección o las normas impuestas autoritariamente mediante imposiciones y castigos, porque no solo protege su integridad física y su bienestar emocional, sino que también protege su felicidad.

Un amor basado en el respeto a la libertad del otro

A nuestros hijos no basta solo con quererles y decírselo: hay que demostrárselo. El tipo de amor que necesitan nuestros hijos, es el amor incondicional. Este amor, que necesitan todos los seres humanos, nos hace falta en la infancia con especial intensidad.

El amor incondicional es aquel que se regala sin esperar nada a cambio.

Con él, sentimos que somos amados por quienes somos, no por lo que hacemos por los demás, los logros que obtenemos o los triunfos y éxitos que cosechamos. Es aquel que no exige demostraciones ni pone a prueba.

Aquel que respeta a la persona y la ama tal y como es, sin coartar su libertad ni vulnerar sus deseos y necesidades.

Si pasamos la infancia sin sentir este amor incondicional por parte de nuestros padres, tendremos una serie de consecuencias negativas en nuestra vida adulta como poca autoestima, falta de amor propio, miedos e inseguridades, heridas emocionales, necesidad de ser aceptado por los demás, dependencias afectivas…

A los hijos hay que demostrarles que estamos ahí en lo bueno y en lo malo, estén tristes o contentos, se porten bien o no, se duerman temprano o tarde, ordenen poco o mucho, hagan los deberes o no, sientan enfado o no, etc. Los niños deben sentir que estamos ahí, siempre, pase lo que pase. Y debemos decirles que les queremos no solo cuando hacen las cosas bien o son como nosotros esperamos.

Muchas veces no nos damos cuenta de que, nuestro estado anímico y físico, así como nuestros propios traumas, deseos, necesidades e inseguridades hacen que no siempre demostremos este amor incondicional.

Los hijos son personas independientes a nosotros, que deben desarrollar sus propios gustos y pasiones, tomar sus propias decisiones y cometer sus propios errores. Para ello es importante que los padres les apoyemos siempre y les animemos a ser ellos mismos.

Las muestras de amor incondicional que nutren a los niños

Estamos seguros de amar incondicionalmente a nuestros hijos, pero ¿lo saben ellos? ¿somos capaces de transmitírselo? Los niños pequeños pueden percibir la realidad de forma muy diferente. Por ello, es importante asegurarnos de cómo se sienten.

Para que nuestros hijos (y, por extensión, cualquiera de nuestros seres queridos) se sientan queridos incondicionalmente, es bueno proporcionarles las siguientes muestras de amor incondicional:

  • Decirles «te quiero». A menudo y en cualquier ocasión, no solo cuando hacen las cosas bien o estamos contentos con ellos.
  • No compararles. No hay dos niños iguales. Cada uno tiene su propio ritmo, virtudes y defectos. Las comparaciones siempre son perjudiciales. Cada niño es único y maravilloso. Nuestros hijos deben sentirse aceptados y queridos tal y como son, con sus virtudes y sus aspectos de mejora, como cualquier otra persona.
  • Dedicarles tiempo. Pasar tiempo de calidad con nuestros hijos es muy importante. A veces, el trabajo o el ritmo de vida no nos permiten pasar todo el tiempo que quisiéramos con ellos, pero vivir de forma plena y consciente los momentos que les dedicamos, disfrutando de ellos y con ellos, y preguntándoles a menudo sobre sus sentimientos, tomándonos en serio sus pensamientos e intentando ponernos en su lugar, fomenta el vínculo de apego.
  • Comunicación. Cuando reñimos a nuestros hijos, muchas veces no les explicamos por qué y con ello, lo único que conseguimos es hacer que se sientan mal, tristes, criticados o injustamente tratados. Debemos transmitir reglas y órdenes de forma firme, pero con respeto y cariño, sin desvalorizarlos si se equivocan y animándoles a mejorar.
  • No etiquetarles. Cuando amonestamos a nuestros hijos es importante que distingamos claramente el comportamiento de la persona. El niño puede comportarse mal, pero no es malo. Puede tener miedos, pero eso no significa que sea miedoso… Esto es muy importante: cuidado con las etiquetas.
  • No confundir amor con sobreprotección. Querer a un hijo no significa aprobar todo lo que haga, ni tener la necesidad de ahorrarle disgustos. Siempre es mejor ayudarle a buscar soluciones y dejarle actuar, manteniéndonos a su lado, pero como apoyo en caso de necesitarlo. Cuando los niños aprenden a ser autónomos y a tomar sus propias decisiones, crecen con una sana autoestima y confianza en sí mismos que les convierte en adultos mucho más plenos y capaces.
  • Cuidado y protección continuas. Por muy cariñosos y dialogantes que nos mostremos con nuestros hijos, si no cubrimos sus necesidades básicas de atención, comida, aseo, y estudios, entre otros, no existirá ese amor incondicional. Durante los 9 meses de embarazo, los bebés se sinten totalmente protegidos en su vida uterina. Al nacer necesitan sentir esa misma sensación de protección gracias al calor corporal, al contacto piel con piel, al colecho, la lactancia materna… percibiendo olores familiares y sintiendo los cuidados.
  • Respeto y empatía. Para crecer sanos y felices los niños necesitan sentirse respetados: empatía, comprensión, palabras libres de juicios y jamás hacer uso con ellos de manipulaciones, chantajes, violencia o sistemas coercitivos de premios y castigos. También es necesario respetar sus ritmos naturales: dejarles nacer cuando ha llegado su momento (para cambiar el mundo lo primero es cambiar la forma de nacer), comer cuando tiene hambre, ser atendido cuando lo pida, tomar la cantidad de alimento que quiera, dejar los pañales cuando esté preparado, dejarle vencer sus miedos a su debido tiempo… Todas estas son pequeñas decisiones que el niño va tomando de manera natural, cuando se siente preparado. No debería ser forzado a desviarse de esa programación biológica.
  • Atención plena. Nosotros somos su mejor motivación. No necesitan juguetes sustitutos, programas de estimulación temprana, actividades extraescolares… El contacto físico, jugar con ellos, hacerles cosquillas, caricias o masajes; las palabras amorosas, las canciones y los cuentos o las aficiones compartidas suponen una fuente de salud para nuestros hijos.
  • Sembrar la confianza. Si confiamos en nuestros hijos y en su criterio cuando son pequeños, no minaremos su autoestima y confiarán en sí mismos cuando sean mayores. Pero si les ninguneamos y no tenemos en cuenta sus emociones, serán adultos incapaces de valorarse a sí mismos.

El amor incondicional es el pilar fundamental de la felicidad adulta. Si los niños se sienten amados de forma incondicional, crecen sintiéndose seguros de sí mismos y su vida emocional es mucho más sana y equilibrada.

Источник: https://www.unamamanovata.com/2020/03/25/amor-incondicional-hijos/

¿Queremos a nuestros hijos por encima de todo?

¿Por qué queremos incondicionalmente a nuestros hijos?

La llegada de los hijos lo cambia todo. Ciertamente, una personita llega nueva a este mundo y está en nuestras manos la responsabilidad de criarla, cuidarla, educarla, pero sobre todo amarla.

Sin embargo, ese instinto maternal que nos empuja a querer de forma incondicional continúa en entredicho, algo que pasa el aval de la ciencia.

Y es que numerosos estudios concluyen que la denominada “llamada de la maternidad” es tan solo un mito.

La doctora María Vicedo, científica de Harvard, por ejemplo, concluyó en una exhaustiva investigación sobre la historia de los distintos puntos de vista científicos que “no hay evidencias en la ciencia para afirmar que existe un instinto materno que automáticamente da a las mujeres el deseo de tener hijos, pero sí hace que las mujeres sean más emocionales que los hombres, y les brinde una mayor capacidad de crianza”. Por otro lado, en el libro más reciente publicado este año sobre el tema: All the Rage: Mothers, Fathers, and the Myth of Equal Partnership, se asegura, además, que “Los seres humanos realmente no tenemos instintos, sino una neocorteza, es decir, un cerebro más desarrollado a través del cual aprendemos a sobrevivir, lo que nos ha hecho más capaces de adaptarnos a nuestro entorno, y que las habilidades de crianza se aprenden y no son innatas ni para hombres ni para mujeres”. De esto se deduce lo necesario de un aprendizaje continuo en la experiencia de la maternidad, y no algo con lo se nace o se lleva dentro. A pesar de todo, la felicidad es un preciado estado que anhelamos sentir en nuestras vidas, y la experiencia de la maternidad es uno de esos motivos en la consecución de nuestros logros vitales, tanto como nuestras propias experiencias en el camino. Sea como sea, si decidimos formar nuestra propia y particular familia, ante todo, deseamos que nuestros hijos también consigan esa máxima felicidad a través de los suyos propios; y eso sí que nos compete.

“Si saco buenas notas, mamá me querrá más”

Así, una vez nos embarcamos en el viaje, podremos definir en primera persona, lo máximo que podemos llegar a amar a nuestros hijos.

Esto es lo que la escritora, conferenciante y experta en desarrollo personal, Ariane de Bonvoisin, explicó hace unos meses en una charla TED: “Todavía hoy el éxito se mide por la cantidad de logros alcanzados, y de cómo estos se extienden a los hijos, por lo que ellos mismos también lo perciben así. Si los niños persiguen la validación y lo que el mundo llama «éxito», ya sea a través de las notas, las victorias deportivas o su apariencia externa, realmente perseguirá las siguientes dos cosas: Por favor, dime que soy lo suficientemente bueno, por favor, dime que me amas”, continúa, y esto mismo es lo que todos los adultos también persiguen, ya sea de forma consciente o inconsciente”, explica.

Así, el reto más complicado es que sepan o, más bien, que sientan que los amaremos, con independencia de cualquier cosa que hagan.

En su experiencia profesional, la experta transmite a los niños que sacar buenas notas o hacer lo que “imaginan” que quieren sus padres no hará que los amen más o menos.

“Es sorprendente cuantos niños con los que he hablado no sienten que este sea el caso”, agrega Bonvoisin.

La libertad como la mejor muestra de amor

Al igual que elegimos libremente tener o no niños, debemos inculcarles lo mismo: libertad para explorar y ser quienes son, y no quiénes queremos que sean. “El papel de los padres es escuchar verdaderamente quién o quiénes son sus hijos, y dejarles ser más de eso, no menos, sin embargo, eso puede ir en contra de lo que son los propios padres o lo que les hubiera gustado”.

La experta argumenta que, si hacemos que la validación y el éxito sean lo más importante, incluso si es inconsciente de nuestra parte, vamos a criar niños que viven la vida de otra persona.

“No será la vida que fue destinada para ellos y su esencia, y nos arriesgamos a ser ejemplos de no vivir de verdad nuestra propia vida. Estaremos a la sombra de lo que fue correcto y significa para nosotros y nunca seremos libres.

Esto les pasa a muchos adultos a los que paso consulta; se enfrentan a esto y están tomando decisiones difíciles para vivir una vida diferente”, continúa.

Amar a pesar de la imperfección

Cuando nacen los hijos, nace un amor incondicional, sobre todo, cuando son unos bebés y no pueden hacer nada por sí mismos.

“Cuando los niños son recién nacidos, no tenemos ninguna dificultad para expresarles nuestro amor porque son seres pequeños indefensos que no pueden hacer nada ellos solos. Nos permiten hacer todo por ellos y con mucho gusto seguimos adelante.

Pero a medida que los niños crecen, quieren hacer las cosas por sí mismos. Quieren sentirse capaces e independientes. Nos hacen a un lado y luchan con nosotros para hacer las cosas ellos mismos”, aclara la experta.

“Sin embargo, con sus pequeñas manos y pies no son capaces de hacer las cosas tan perfectas como nosotros. Y como estamos tan acostumbrados a hacer las cosas perfectamente para nuestros hijos, no nos gusta esta imperfección”, concluye.

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Источник: https://elpais.com/elpais/2019/10/22/mamas_papas/1571740344_001527.html

¿Por qué es tan importante el amor incondicional para nuestros hijos?

¿Por qué queremos incondicionalmente a nuestros hijos?

Cuando nos preguntan sobre quién es la persona que nos ha hecho sentir más queridos, las respuestas más habituales suelen ser los padres o en algunos casos los abuelos. ¿Por qué? ¿Qué tiene de especial ese amor que nos dan y que nos hace sentir tan queridos? 

La clave se encuentra en la incondicionalidad. En esa forma de amar sincera y sin condiciones, que no entiende de perfección, expectativas ni errores, sino de aceptación. De ahí la importancia del amor incondicional para nuestros hijos. Profundicemos.

“Si no tengo amor, no soy nada”.

-Carta de San Pablo a los Corintios, 13:1-

Amar sin condiciones

El amor incondicional es la expresión más pura y sincera del amor. Generalmente se reserva a los hijos. Es innato, no hay que hacer nada para que ocurra. Simplemente cuando nace un niño sus padres se enamoran de él, independientemente de como sea.

Probablemente ninguna otra persona nos querrá de esta manera: sin condiciones. Sin importar cómo somos, nuestros errores o defectos. Sin tener que hacer nada para que nos amen, simplemente ser nosotros mismos. 

El amor incondicional tiene un gran valor durante los primeros años de crianza. Es la base para el desarrollo de un vínculo de apego seguro y de su estructura emocional posterior.

Un niño que se siente seguro y cuidado querrá explorar el mundo y relacionarse con los demás sin miedo, porque sabe que existe un lugar seguro al que poder acudir, en el que se le cuida y se le quiere. Además, se convertirá en un adulto con buena autoestima y tendrá más posibilidades de establecer relaciones satisfactorias con los demás.

Como vemos, este tipo de amor confiere estabilidad, sensación de protección y seguridad, ingredientes necesarios para sentirnos bien tanto con nosotros mismos como con los demás.

Señales de amor incondicional para nuestros hijos

En ocasiones, estamos seguros de amar incondicionalmente a nuestros hijos, pero… ¿lo saben ellos? ¿somos capaces de transmitírselo adecuadamente? La realidad es que, a veces, ellos pueden percibirlo de forma diferente. Por ello, es importante asegurarnos de cómo se sienten.

Además, para que nuestros se sientan queridos incondicionalmente por nosotros, las siguientes recomendaciones pueden ayudarnos:

  • Decir a los niños lo mucho que se les quiere, no solo cuando hacen las cosas bien.
  • No compararles con los hermanos, amigos o primos. Es importante hacer saber a nuestros hijos que les aceptamos y queremos tal y como son, con sus virtudes y sus aspectos de mejora, pero que estos aspectos no influyen en nuestro amor por ellos.
  • Dedicarles tiempo. Pasar tiempo de calidad con nuestros hijos es muy importante. A veces, los horarios de trabajo no nos permiten pasar todo el tiempo que quisiéramos y pensamos “¿estaré invirtiendo bien el tiempo que tengo con ellos?”. Simplemente con preguntarle sobre sus sentimientos, tomándonos en serio sus pensamientos e intentando ponernos en su lugar, estaremos fomentando el vínculo de apego.  Otra forma maravillosa de pasar tiempo con ellos es buscando una afición común: un deporte, el cine, pintar…algo que realmente nos apasione, y que disfrutemos haciendo juntos.
  • Comunicación. Cuando reñimos a nuestros hijos, muchas veces no les explicamos por qué, les decimos “no te subas ahí”, “no toques eso”, “no hagas lo otro”… Es importante explicar el motivo por el que se le está riñendo, además de ser firmes con nuestras órdenes, sin desvalorizarlos si se equivocan y animándoles a mejorar.
  • Distinguir claramente el comportamiento de la persona. El niño puede comportarse mal, pero no es malo. Puede tener miedos, pero eso no significa que sea miedoso… Muy importante: cuidado con las etiquetas.
  • No confundir amor con sobreprotección. Querer a un hijo no significa aprobar todo lo que haga, ni tener la necesidad de ahorrarle disgustos. Siempre es mejor ayudarle a buscar soluciones y dejarle actuar, manteniéndonos a su lado, pero como apoyo en caso de necesitarlo.

Por último, no hay que olvidar que el amor incondicional está íntimamente ligado a los cuidados. Por muy cariñosos y dialogantes que nos mostremos con nuestros hijos, si no cubrimos sus necesidades básicas de atención, comida, aseo, y estudios, entre otros, no existirá ese amor incondicional.

Источник: https://lamenteesmaravillosa.com/por-que-es-tan-importante-el-amor-incondicional-para-nuestros-hijos/

Embarazo y niños
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